jueves, 16 de abril de 2009

La advertencia

Cuando realizo escalada no suelo mirar hacia abajo hasta llegar a mi meta, pero esa vez no lo pude evitar. Fue como si me llamara en silencio. La vi en una roca saliente envuelta en si misma. Cuando alcancé aquel sitio la escuché sollozar. Quise acercarme, pero no me atreví. Quise hablarle, pero súbitamente se puso de pie. Estaba desnuda. Su singular belleza me dejó perplejo. Su pelo era negro y brillante como noche sin luna y llegaba hasta sus rodillas. Su tez morena la hacía parte de la montaña. De sus oscuros ojos orientales brotaban lágrimas. Me miraba con real odio. Comenzó susurrando algo en un idioma que nunca había escuchado. El tono de su voz se comenzó a elevar. Sin duda me estaba regañando. Me gritaba. Movía sus manos histriónicamente apuntando en todas direcciones, en particular al pueblo de donde había salido durante la mañana y al cielo. No despegaba sus ojos de mí. Me estaba culpando de algo y yo ya me estaba empezando a sentir culpable. De pronto se comenzó a acercar. Del miedo di un paso hacia atrás y solté el equipo que llevaba en mis manos, olvidando que estaba al borde del vacío. Unos 100 metros me separaban del suelo. Como por reflejo di un salto hacia delante, cayendo a unos pasos de aquella mujer, lo que ni la inmutó. Me miro en silencio por unos segundos, luego miró a la cima con mirada nostálgica y sin previo aviso se lanzó al vacío. Grité. Aterrado veía su cuerpo en caída libre a punto de azotarse contra la roca, pero sucedió algo increíble. A unos cuantos metros del suelo su silueta cambió. Su larga cabellera se formó en alas y planeando sutilmente aquella misteriosa mujer evitó la muerte. Se elevó. Cuando entró en contraste con el despejado cielo del medio día distinguí un enorme cóndor. ¡Ella se había transformado en un cóndor! La seguí con la vista hasta que desapareció. Estuve alrededor de 2 horas completamente absorto. La buscaba en el cielo en todas direcciones. Sus ojos, sus palabras, su vuelo. ¿Qué me habrá dicho? ¿En que idioma me hablaba? Escrutando el cielo noté una columna de humo que provenía de la misma montaña en la que me encontraba, lo que me llevó a interpretar las extrañas palabras de aquella mujer como una advertencia. Quizás algunas de las actividades de los habitantes del pueblo perturbaban el orden cósmico y los gestos de la mujer apuntaban a sanearlo para que no fuera destruido por la furia del volcán que estaba escalando y que yo no tenía idea que era un volcán. O quizás la destrucción era inminente y era parte de la venganza del planeta contra la raza humana que explotaba y agotaba todos los recursos a su paso. A esta altura la explicación más disparatada tenía sentido. Calculé que habían pasado ya unas 5 horas, pues mi reloj se encontraba entre las cosas que dejé caer, por lo que decidí descender y alertar a alguien sobre lo que se venía. El sol aún no se escondía. Mientras estaba bajando comenzó a temblar, lo que desató en mí una paranoia delirante. Tenía que advertir al pueblo acerca de su desdichado destino lo más pronto posible. Comencé a descender más rápido. A veces resbalaba y me alcanzaba a sujetar de alguna roca adecuada y justo cuando estaba a unos 4 o 5 metros del suelo no encontré ninguna. Caí esos metros restantes, luego no recuerdo nada.

Desperté la mañana del día siguiente en el hospital local. Cuando había llegado al pueblo di aviso a carabineros acerca de mi expedición a la montaña, señalando que mi descenso sería antes de la puesta de sol. Lo más probable es que, al no haber reportado mi regreso como habíamos convenido, hayan decidido ir a buscarme y me encontraron a los pies de la pared donde sucedió todo, pero eso no me importaba. Esas palabras incomprensibles estaban tatuadas en mi memoria. Intenté sentarme, pero el dolor me mandó de vuelta a la cama. Supuse una o dos costillas rotas. A los pocos minutos ingresó una doctora de apellido impronunciable de unos 50 años. Mientras me examinaba le dije que había que evacuar el pueblo, que había visto una fumarola y que la tierra había temblado. No le mencioné a la mujer cóndor para que no diera por loco a la primera. Me replicó que estuviera tranquilo, que las fumarolas eran frecuentes y que el volcán era monitoreado desde la capital con tecnología de punta, por lo que, ante cualquier lectura fuera de lo normal, se daría aviso con la antelación suficiente para evacuar el pueblo, si así fuese necesario. Insistí. No tuve más remedio que mencionarle a la mujer desnuda que había hallado en la montaña, lo que al parecer no le hizo gracia. Me dio unas pastillas y salió. Luego entró una enfermera joven, que luego de escucharme se encogió de hombros apurándose a salir. Maldije a todos esos provincianos de mierda. De pronto pensé que a lo mejor yo había mal interpretado las palabras y gestos de la mujer de la montaña, quizás yo lo estaba haciendo mal y la ira que me demostraba en realidad iba dirigida contra mí. Quizás tenía que volver a la capital y reformular mi vida. Era evidente que nadie me creería. Pensaba en eso cuando me dormí. Desperté cuando ya había oscurecido. Había un enfermero moviendo algunas cosas en un estante. Me saludó y aproveché de comentarle lo sucedido con lujo de detalles. Aquel hombre me miraba con suma atención. Cuando terminé mi relato me dijo con voz serena que quizás fue una alucinación producida por la exposición prolongada al sol, o la altura, o la comida local, todas explicaciones bastante razonables. Aquel infeliz me convenció de que había sufrido de alucinaciones. A la mañana siguiente, cuando me dieron el alta médica, volví a mi hotel en busca de mis cosas para marcharme. Subí a mi auto y me quedé unos 20 minutos pensando antes de partit. Me sentía derrotado. Cuando ya había recorrido unos cuantos metros comenzó un violento terremoto que duró unos 60 segundos, y a penas terminó, la montaña donde había visto a aquella extraña mujer hizo una gigantesca explosión. Desesperado conduje lo más rápido que pude. Por el retrovisor veía como el flujo piroclástico engullía al pequeño pueblo. Lloré desconsoladamente. Antes de que el camino entrara a un pequeño bosque detuve el auto y bajé. No quedaba nada. En apenas minutos solo quedaba una enorme nube gris con destellos de lava incandescente. Noté sobre mi cabeza que 6 majestuosos cóndores volaban en círculos sobre mí. Esos cóndores son como la culpa que aún vuela en círculos sobre el cadáver de mi conciencia.

jueves, 9 de abril de 2009

Profeta

El falso profeta nunca supo que lo fue. Lo apuntaron con el dedo los que llevaban la verdad. Eran los mismos de la verdad negra, los de la verdad blanca, los de la verdad a medias. El falso profeta estuvo a un paso de ser el auténtico, pero se dejó llevar por unas cuantas verdades. La humanidad aún espera.

Hay un león en el baño.

Estaba en el quinto cubículo del baño de la empresa, cuando de pronto bajo la puerta pasó la cola de un león. Al principio dudé, pero el rugido lo confirmó. Confundido y temblorozo, tomé la desición más osada de mi vida. Me limpié y esperé a ver nuevamente la cola. cuando sucedió me subí sobre la tasa y jalé de la cola fuertemente. La puerta me protegía. El animal luchó y rugío salvajemente. Cuando estuvo en la posición indicada me subí al estanque sin soltar de la cola. Cedí un poco para abrir la puerta y en el momento preciso tiré muy fuertemente mientras subía por la pared izquerda del cubículo. El león quedó cabeza abajo, pues esa era mi inteción. Salté sobre el piso mojado y de una patada cerré la puerta. Pateé tán fuerte, que caí al piso. Mientras estaba tendido pensaba en lo irreal de la situación, pero cuando vi la expresión de terror de aquel tipo que me miraba con el cepillo de dientes en su boca supe que él también lo había visto. Me puse de pie y le dije:
-Mantén esa puerta cerrada, yo voy por ayuda.
Salí caminando con gesto heróico.