viernes, 29 de enero de 2010

El último milodón

Apenas amaneció, Eduardo Carrero encendió su notebook para revisar el correo electrónico de su empresa. A pesar de ser sábado y de haberse comprometido con Karen, su esposa, a dejar de lado el trabajo durante las dos semanas que tendrían de vacaciones, sintió la obligación casi enfermiza de revisarlo, confiándose en que ella seguiría dormida debido a lo agotador del viaje.

La hermosa vista del lago reflejando el frondoso bosque de la otra orilla no conmovían en lo más mínimo su frío razonar de empresario, para quien las vacaciones no eran sino una pérdida de oportunidades de negocio, pero su pequeño hijo Miguelito, de cinco años, le suplicó que vinieran.

Había once correos en su bandeja de entrada, ninguno de real importancia, pero detenidamente comenzó a responderlos. Afuera el sol subía lentamente y sus rayos limpios, al colarse por la ventana, encendían de a poco los colores de los muebles y enseres.

Cuando respondía el último correo electrónico de golpe los rayos solares se esfumaron, quedando en penumbras. Extrañado miró a la ventana, se puso de pie para investigar, justo cuando la figura que bloqueaba la luz se movió, permitiendo el ingreso de la luz nuevamente y cegando temporalmente al desconcertado empresario. Había algo grande afuera, de inmediato se imaginó un animal. El miedo le impidió asomarse para distinguir bien lo que hubiese afuera y comenzó instintivamente a tantear los muebles en busca de algún elemento que le ayudara a defenderse, pero las ollas y tasas no le servirían. Entonces recordó la escopeta para cazar conejos. Miró en todas direcciones buscándola, sin recordar donde la había dejado. Salió a la sala principal y la encontró apoyada a la pared. Luego vació una maleta en el suelo en busca del cartucho de perdigones. Lo tomo, cargó el arma y volvió a la sala en que se encontraba. Ya no sentía miedo. Ahora, sabiéndose poseedor de un arma, podía hacer frente a lo que fuera. Sigilosamente se asomó por la ventana y vio un enorme monstruo de unos tres metros de largo. Asustado dejó escapar un grito ahogado que apenas contuvo. Era una bestia como un oso con cabeza de camello de largo pelaje café oscuro con la mirada de un bovino. Ramoneaba sobre las flores que había justo bajo la ventana. A esa distancia matarlo hubiera sido sencillo, pero la ventana estaba cerrada. Lentamente movió el gancho que la mantenía cerrada y empujó las hojas para permitir que la bala pase, pero la madera del marco crujió, poniendo a la bestia en estado de alerta. Soltó ésta un grave bufido. Sus pequeñas orejas se movieron hacia la ventana y en un rápido movimiento se irguió sobre sus patas traseras. La cabeza del animal se perdía de vista. Eduardo Carrero estaba inmóvil. Pensó que quizás su arma le sería inútil contra tan grande animal, después de todo era para cazar conejos, no osos gigantes, por lo que decidió esperar a ver nuevamente la cabeza del animal para darle en el cerebro y matarla de un solo golpe, evitando verse expuesto al ataque de una bestia herida, que probablemente de solo un zarpazo sería capaz de derrumbar su cabaña, pues sus garras eran desproporcionadamente grandes.

Luego de un instante la bestia volvió a comer de las flores bajo la ventana. Eduardo Carrero puso el codo derecho sobre la mesa junto a la ventana y apuntó al ojo izquierdo de la bestia. Rumiaba como lo hacen las vacas. En eso pensaba mientras apuntaba su escopeta. Iba a jalar el gatillo cuando escuchó a su pequeño hijo.

- ¿A quien vas a matar papá?

Descolocado por la situación no supo que responder. Miró a su pequeño con pijama de dinosaurios y le dijo

-Afuera hay un oso.
-En Chile no hay osos papá. – respondió el pequeño.

Un poco molesto por la porfía de su hijo le dijo

-Sí, hay uno y es peligroso, así que no te asomes.

El niño estaba incrédulo de lo que su padre le decía, pero la gravedad en el tono de sus palabras indicaban algo serio.

-¿Puedo verlo? –dijo el pequeño descolocando aún más a su padre.

Eduardo Carrero miró detenidamente a su pequeño. Pensó que su ausencia paterna quizás podría revertirse en parte si juntos compartían este momento. Sería de esos momentos que te marcan de por vida. Caza mayor. Después de todo estaba armado y confiaba plenamente en su plan. Acomodó una silla e invitó al pequeño a que se subiera en silencio, a la cual Miguelito se subió sin problemas. Apenas el niño vio al animal dijo:

-Eso no es un oso. Es un milodón.

Eduardo Carrero no daba crédito a lo que escuchaba. Pensó que su pequeño le estaba tomando el pelo.

-¿y qué es un milodón? – preguntó.
-Es un perezoso gigante que se extinguió hace diez mil años. –respondió el niño.
-¿Hace diez mil años? ¿Y que hace en mi jardín?
-Se come las plantas.

El padre se sintió ligeramente avergonzado ante la rápida respuesta de su pequeño.

-Ya sé que se come las plantas. -continuó- Me refiero a que si está extinguido, que hace aquí, como llegó aquí.
-A lo mejor sobrevivió escondiéndose de las personas. –sugirió Miguelito.
-¿Y por qué tendría que esconderse de las personas?
-Para que no lo maten- dijo el niño mientras miraba la escopeta.

Eduardo Carrero pensó que su hijo era muy sagaz. Le revolvió el pelo y le preguntó:

-¿Cómo sabes todo eso?
-Sale en un libro que me regalaron para la navidad en tu oficina.

Nuevamente Eduardo Carrero se sintió un poco avergonzado, pues ni siquiera había participado en dicha ocasión. Recordó que había pedido a su secretaria que se encargara de eso. Todo ese torbellino de pensamientos en torno a su empresa hicieron reflotar al empresario dentro de Eduardo Carrero y vio que estaba frente a una gran oportunidad de negocio: un circo de fenómenos, un parque jurásico, un museo viviente. En una fracción de segundo había imaginado la estructura de su nueva empresa, desde lo administrativo hasta el cautiverio de la bestia.

-¿Y si lo capturamos?-le dijo al pequeño como invitándolo a participar de su entusiasmo.
-¿Me lo vas a dar como mascota?-dijo susurrando Miguelito con los ojos bien abiertos y una marcada sonrisa en su rostro de niño.
-Ehh… algo así. Habría que construirle un zoológico para que también lo vean otros niños. No seas egoísta. Pero puedes ponerle nombre.
-¿En serio? Uhhh….

El empresario Eduardo Carrero estaba abstraído pensando en su nueva empresa.

-¿Puede llamarse Darth Vader?- dijo el niño.
-Sí, como quieras.
-Darth Vader se fue.
-¿Qué dices?

Al asomarse por la ventana no vio al animal por ningún lado. Se asomó hasta la cintura sin poder encontrarla.

-¡Maldición! –Gritó enfadado.- Hasta muerto me hubiese dado dinero.

Salió al jardín buscando sus huellas u otra marca que indique su destino, pero nada encontró.

-¡Maldición! –Volvió a gritar. Entró y cerró la puerta de un portazo. Tomó la escopeta y se volvió a asomar por la ventana. En ese instante su esposa Karen apareció en la sala envuelta en bata refregándose los ojos.
-¿Qué te pasó Eduardo? ¿Por qué tanto grito?- preguntó a su malhumorado esposo.
-Había un saco de plata pastando en el jardín y se fue… ¡por la mierda!
-Te está escuchando el niño. No digas esas palabrotas.
-Voy y vuelvo.- fue la respuesta del esposo. Con la escopeta al hombro se fue a buscar al milodón al bosque. Sin entender qué pasaba la mujer se asomó a la ventana para ver como su marido se adentraba en el bosque.
-¿Te sirvió desayuno tu papá Miguelito?- le preguntó a su hijo.
-No mamá.
-Bueno, anda a lavarte las manos para servirte.

Al llegar el atardecer Eduardo Carrero volvió a su cabaña con las manos vacías.