lunes, 8 de febrero de 2010

Viaje por el bosque

Tengo una araucaria en el pecho
Que da las canciones tristes
Con que me alimento.

Son mi esperanza, suave brisa
En el crepúsculo, viaje perfecto
Cuando miro en línea recta.

Cuando abro mis alas
Huevo-coraza-bunker-sábana
Punzo la membrana como reptil

Y nazco en las fauces
De la noche del pasado, bañado
de cenizas como ancestro lunar,

Y caigo en danzas incomprendidas,
Fiebre de mirada estridente
Con latido huraño.

Pero mis ojos hablan, cantan,
leen la magia en la frente del sol.
Me dicen:

Huye, recorre el camino con un cóndor en tu hombro para que limpie tus huesos.
Canta, bebe de los ríos con una serpiente en el antebrazo para que constriña tus pulmones.
Aprende, intérnate en el bosque con un gato en la mano para que te guíe en la oscuridad.

Por la ventana entra el viento
y funde la noche con el papel,
tierra de todos los caminos.

Tengo una araucaria en el pecho
que crece lentamente.
Buscará el sol por mi frente.

viernes, 5 de febrero de 2010

Muertes en el Mapocho

Nadie supo cuándo llegó el primero, sólo se fueron acumulando uno tras otro. Las autoridades mandaron a quitar varias veces durante ese invierno los muchos cadáveres de perros despedazados que se acumulaban en la compuerta de Av. Manuel Rodríguez, en el río Mapocho, pero continuaban apareciendo más y más. Había perros de todos los tamaños, y algunos estaban tan mutilados, que estaban desprovisto de sus extremidades. Hubo mucha conmoción entre los vecinos, que hicieron circular varias descabelladas hipótesis, entre ellas la de una secreta secta del sector oriente de la capital, compuesta únicamente por gente adinerada, que realizaba rituales de iniciación e invocaciones satánicas con los animales, u otro de que alguna bestia del zoológico metropolitano huía durante las noches silenciosamente para alimentarse de los perros que vagaban en la orilla del río, y luego volvía a su jaula al amanecer, sin despertar sospechas, o el de que algunos de los muchos inmigrantes del lejano oriente habían traído consigo sus extrañas costumbres culinarias y comían perros en secreto, arrojando sus desechos durante la noche al cauce contaminado para que las gaviotas limpiaran los huesos.

Nadie se involucró en investigaciones serias hasta que apareció el cadáver de un hombre. Era de unos 40 años y estaba, al igual que los perros, despedazado. Se podían ver los huesos desprovistos de carne en brazos y piernas. La palma de sus manos, su cuello, pecho y espalda evidenciaban haber sido mordidos. Todo indicaba que había sido devorado. Las primeras indagaciones de la policía, hechas con lo que quedó de las huellas digitales del cadáver, lograron establecer su identidad. Era un mendigo con problemas mentales cuyo nombre no viene al caso, que frecuentemente era avistado en las cercanías del puente Loreto. Presentaba una herida abierta en la cabeza, como si le hubieran asestado un fuerte golpe. Las pericias también determinaron que las mordidas eran de más de una persona, y por su tamaño, de niños.

La noticia no pudo mantenerse en secreto y se propagó como un incendio en los medios de comunicación, que se agolparon bajo los puentes para hacer reportajes, enlaces en directo y entrevistas a los niños y adultos que allí vivían, o intentaban vivir. En contraste, la policía continuaba silenciosa sus investigaciones. Los niños de las caletas alegaban inocencia argumentando que muchos de sus mascotas habían desaparecido y recién ahora se enteraban de su destino, además decían que ellos nunca harían daño a sus amigos, como consideraban a sus fieles perros, ya que recibían de ellos un mejor trato que con el resto de la gente. Y así fue la nube de periodistas de puente en puente con sus cámaras y micrófonos enfrentándose ya con agresivos niños aburridos del morbo de la prensa. Y así, la noticia se olvidó entre las turbias aguas del Mapocho sin hallar culpable.

Una tarde de un oscuro domingo a finales del mes de julio, una pareja de Carabineros patrullaba en el Parque Forestal. Había una tenue niebla y el viento frío mecía suavemente las copas de los arboles. No había ninguna persona en el parque aparte de ellos y ni siquiera se escuchaban autos a la distancia. Sólo se escuchaba el murmullo de río. Uno de los carabineros pareció percibir un grito y alertó a su compañero. Se dirigieron hacia el puente Purísima para investigar. A la sombra del puente vieron una oscura mancha en movimiento. Sin lograr distinguir de que se trataba, ambos carabineros decidieron descender los tres metros hasta la orilla del río en silencio para no delatarse y así sorprender a quienes estuvieran allí abajo. Cuando estaban ya en la orilla se acercaron y saludaron, como si casualmente hubiesen llegado hasta allí, entonces la mancha oscura cesó su movimiento. Aún no distinguían quienes o qué era lo que tenían al frente, la ausencia de sol y la sombra del puente lo hacían imposible. Fue entonces cuando uno de los carabineros encendió su linterna y apuntó a la oscura mancha, que resultó ser un grupo de cuatro niños hurgando en cuclillas sobre algo indeterminado aún, pero con sus bocas bañadas en sangre. Eran niños extraños. De delgadez extrema, su piel era brillante y griz, estaban vestidos sólo con un pantalón corto y todos tenían el pelo embarrado y seco, lo que le daba aspecto de púas de reptil. Uno de ellos dio un grito para que huyan, entonces, dando unos chillidos espantosos, los cuatro corrieron, no en la dirección opuesta de los carabineros, que estaban estupefactos, si no que hacia las aguas turbulentas y contaminadas del Mapocho. Y se zambulleron. Los carabineros sacaron sus armas mientras se comunicaban pidiendo refuerzos y esperaron a que los niños salieran por la otra orilla, pero no fue así, no salieron y se perdieron en el sucio río. Quedaron consternados al ir al lugar donde los niños estuvieron hurgando. Allí había un hombre mutilado, desnudo, con las costillas expuestas y la sangre aún brotando de algunas arterias abiertas en los brazos. Se montó un intenso operativo de búsqueda durante los siguientes días, que incluyó redadas en las caletas, helicópteros y buzos tácticos río abajo, pero todo resultó inútil. No hubo ni la más mínima pista de los misteriosos niños, hasta que el martes, luego de que la noticia apareciera en los diarios y en los noticieros, una vieja mujer que el mismo día domingo a la misma hora de los hechos había cruzado el puente Pío Nono, ubicado en sentido contrario a donde se desarrollaba el operativo de Carabineros, dio aviso de que le había parecido ver una cabeza asomándose del río, que luego se volvió a sumergir, como si hubiese salido a respirar, pero en el momento pensó que se trataba de un juego de su avanzada edad. Se amplió el operativo hacia el sector oriente, pero no encontraron nada.

Luego de ese incidente no volvieron a aparecer cadáveres ni de perros ni de personas, pero el mito urbano de los extraños niños del Mapocho mantuvo en vilo por mucho tiempo a quienes se acercaban a sus aguas, sobre todo en las noches de niebla.