jueves, 20 de mayo de 2010

En el bar

La muerte se ausenta, es hora de brindar
Por el hermano errante que vaga
De amanecer en amanecer

Sólo por juntarnos en este oscuro bar
A sabbatizar tras rauda fuga
Del dios que nos fuerzan a creer

La nebulosa estalla a cada instante
Y son ríos los que a través de mi pasan
Embrujado por la música perfecta

En un ritual pagano y exultante
Las musas suelen juntarse y te acarician
Cuando has regresado de guerra cruenta

Son los mismos ojos bajo la misma estrella
Pálida como las esperanzas
Como el halo de una banda mística

Son las mismas caras tras la misma batalla
Uniformadas con mil blasfemias
Contra las instituciones cínicas

En el valle de los difuntos de cristal
Donde las cenizas forman un vórtice
Se juntan las manos a reformar el mundo

Enlutado con tanto político anormal
Y care'raja que no sabe un ápice
De la necesidad del corazón iracundo

Los dioses muertos desfilan de riff en riff
En una inacabable canción orgásmica
Entonada en una jaula de alcohol

Los dioses muertos resucitan de riff en riff
Para pasearse en una serpiente cósmica
Por las raíces del primer rocanrol

Y a sabiendas de lo inútil de mis tragos
Prefiero morir en un bar perdido
Que tragar la norma en silencio

La euforia se la traspaso a mis amigos
Y el mundo es mejor. Retumba el sonido
Del rocanrol en el espacio

Las palabras no tienen sentido
No importa, el patrón seguirá desterrado
De este juego

La mesa es un continente unido
Y cada conchesumare a ella arrimado
Es mi amigo

La madrugada se empina como una botella
Vacía en manos de un viejo sediento
La razón aún duerme

Se desatan los puños por culpa de aquella
Que muestra sin querer un sentimiento
En su corazón inerme

Y una historia bizarra se entrelaza fuerte
Se entrelaza con metal y roca
Ante los ojos de los dioses ebrios

Cuando el río desborda ya es hora de muerte
Maldiciones eructa la boca
Y el ambiente se revuelve sombrío

Pero todo da exactamente igual
La media noche pasó hace siglos
Y se aproxima la siguiente

La turba volverá al mismo lugar
Sostendrá los mismos hilos
Y renacerá en el horizonte

martes, 18 de mayo de 2010

Frío círculo de espinas

¿Se puede sobrevivir al rayo dos veces? Tal vez si se usan los caminos subterráneos.

¿Se puede evitar el derrumbe de la montaña? No. Lo mejor es alejarse unos años luz de la muerte.

Se repiten las imágenes, las heridas, los paisajes, las canciones, el bar perdido, la cara oscura, la sombra lacerante del ayer magullado.

Al parecer en el camino he caído a un borde cóncavo, he girado y no lo he notado y he caído de pie en la parte más trágica de la historia, donde la calle olía a fuga, donde los temores esperaban en los ojos hinchados, donde los fantasmas se volvían comediantes sanguinarios y la sangre... la sangre no coagulaba.

Me he de beneficiar de los errores de la naturaleza, de la fragilidad de los recuerdos, de la fortaleza intrínseca de los derrotados, que adquieren aire de donde otros mueren.

¿Se puede desnadar el río?

No funciona escarbar en universos paralelos, solo sirve petrificarse al sol lento de mayo.

Si lo hubiera sabido antes...

martes, 11 de mayo de 2010

Charlas sobre los astros

Me encontré con Miguel en la Alameda con Cienfuegos. Tanto tiempo, le dije, me quité los lentes de sol que traía y nos abrazamos como hermanos. Hace más de diez años que no nos veíamos, por lo que teníamos mucho que decirnos. Preguntamos por nuestras familias, por nuestras ocupaciones, qué habíamos hecho en estos diez años. Te invito a unas cervezas, le dije, para recordar los viejos tiempos, No puedo, me respondió, Me espera mi señora en la casa, hoy van unos amigos, pero vamos, te invito. Cuando éramos niños teníamos intereses distintos al de los otros niños. Mientras en el pasaje los niños jugaban a la pelota, nosotros coleccionábamos insectos. Mientras los demás niños coleccionaban el álbum de la selección chilena o el de los dibujos animados de moda, nosotros juntábamos el del espacio exterior, o el de los dinosaurios, que ha sido el único álbum que he completado en mi vida. Éramos "yuntas". Nos juntábamos a mirar hormigas o granos de azúcar por un microscopio que mi abuelo me había regalado. Él tenía un telescopio y observábamos la luna, pero solo hasta las nueve, que era cuando mi madre me salía a buscar. Debimos haber sido científicos, pero en las calles se perdió nuestra curiosidad. Crecimos. Nos olvidamos de disecar aves muertas y nos dedicamos a carretear. Él se cambió de casa y no lo volví a ver, hasta ahora. No dudé en aceptar su invitación, pues a nadie debía rendir cuentas.

Tomamos el metro hasta su casa en Puente Alto y llegamos a las 8:45. Era una casa de un piso donde vivía con su señora y su hijo de siete años. Era angosta, de unos cinco metros, pero hacia adentro era espaciosa y acogedora. Estaba incrustada entre dos casas similares, arregladas ambas de un pésimo gusto. En el patio de atrás se encontraba su señora con una amiga fumando, sentadas alrededor de una mesa llena de botellas de bebidas y de cervezas, además de platos y servicios. Alrededor de una parrilla había tres tipos, cada uno con un vaso de cerveza en la mano. Custodiaban la carne que se asaba lentamente. Me saludaron amablemente. Me sirvieron un vaso y comenzamos a conversar. Es grato conversar con alguien a quien conoces bien y consideras un amigo, a pesar de la distancia temporal y física que impide reunirse más seguido. Comí poco. Nos reímos mucho recordando la ocasión cuando abrimos el televisor a tubos que su madre guardaba como un tesoro en un ropero. Cómo nos gritaba chuchadas esa señora, dijo Miguel, entre las risotadas de todos los presentes. A partir de las 11:00 de la noche se empezaron a retirar los invitados, y a las 11:30 solo quedaban los dueños de casa y yo. La esposa de Miguel se fue a dormir y nos quedamos vaciando una botella de ron, pero aún quedaban más. Él aún conservaba el telescopio que usábamos cuando niños, y casi obligándolo le pedí que lo trajera. Lo montamos sobre la mesa y comenzamos a observar la luna. Con el tiempo habíamos adquirido nuevos conocimientos respecto al espacio. Ubicamos un cúmulo globular que hay en dirección a la cruz del sur. Distinguimos la estrella doble que es Alfa-Centauri, que el ron hacía ver cuádruple. Nos reímos de eso. Vimos algunas nebulosas, los anillos de Saturno, todo visible a pesar de la gran luna llena que subía despacio. Era una muy agradable velada con un amigo que no veía hace tiempo. De pronto dijo: Me dio sueño, me voy a acostar antes de que me huevee mi señora. Acomódate donde puedas, agregó, mientras yo, un poco extrañado por la repentina decisión de mi compadre, llenaba mi vaso con la más mínima intención de dormir. No te preocupes, luego entraré, le dije, Seguiré usando el telescopio.

Un poco disgustado empecé a observar la luna. Estaba llena y se aprontaba a pasar sobre mí. En Puente Alto a las 3:00 de la mañana, pensaba, me es imposible irme a mi casa, y queda media botella de ron. Mejor me quedo acá, me tomo el ron y me voy mañana. Esa fue mi conclusión. Quise tirarme en el pasto a observar la luna, pero estaba un poco húmedo. Quise acostarme sobre la mesa, pero al intentar subirme puse mis ojos en el techo de la casa. La casa era baja, por lo que dando un salto sobre la pandereta lateral llegaría en un segundo. Entonces noté que la casa del lado tenía un cobertizo al que era más fácil llegar desde la mesa. Con un pie apoyado en la pandereta comencé a tantear el cobertizo. Era fuerte, con pilares de cemento y con tejas de arcilla sobre una estructura de madera. Sin duda aguantaría mi peso. Me dispuse a subir con la botella de ron en mi mano. Estaba ya bastante ebrio, no lo voy a negar, pero aún así logré hacer el menor ruido posible y me tendí con una mano atrás de mi cabeza a ver el cielo. En la otra tenía la botella. El viento estaba un poco frío, pero yo vestía mi polerón gris con gorro, así que me cubrí la cabeza y puse la botella sobre un ladrillo que no entiendo por qué estaba allí. La luna era impresionante. Daba la impresión de que estaba justo sobre mí y empecé a pensar en la fuerza que ejerce sobre la tierra, en las mareas, en los comportamientos de los animales.

De pronto se escuchó un ruido. Alguien había salido al patio. Escuché oculto en el techo del cobertizo a dos personas conversando. Escúchame Isabel, esto te hará de los más bien, decía una de las voces. Me da vergüenza Irma, dijo la otra voz. Nadie te está viendo huevona. Anda, pone esta silla de playa y acuéstate. Se escuchaban como dos mujeres viejas. Comencé a sentarme lentamente para ver de a poco. Tenía los músculos tensos, si me descubrían metería en un gran problema a mi amigo, y darle problemas después de diez años era muy injusto. Primero vi los pies de las dos viejas que estaban acostadas. No me habían visto, por lo que seguí intentando ver, pero no debí haberlo hecho, pues las viejas estaban en pelotas. Los rayos de la luna llena tranquilizan, dijo una. Que espectáculo más grotesco, pensé, En el lío que me he metido. Lentamente comencé a acostarme nuevamente para esperar a que se retiraran. Me dio frío Irma, quiero taparme, comentó una de las viejas. Quédate así, si no esto no tiene efecto, escúchame Isa, los baños de luna llena son muy apropiados para potenciar nuestra conexión con la energía yin, continuó hablando la otra vieja. Mira la tremenda luna oye, Con este baño vas a quedar equilibrada, conversaban las viejas. Puras esoterías, pensé. Estas viejas juran que la luna las influye. Mira, justo ahora la luna va pasando por la casa de... No alcancé a escuchar, me dio una risa incontenible. Pobres viejas picadas a bruja que toman rayos de luna, en su ignorancia se dejan llevar por la creencia fácil en desmedro de la investigación científica, tragando cualquier basura que se les presente. Al parecer no escucharon mi risa, porque siguieron hablando acerca de la influencia de los astros. Eso es bueno en esta fecha porque da ganancias, dijo la que más dominaba el tema, Aunque hay alguna probabilidad de que no tanta. Habla más bajo, dijo la otra, Nos van a ver, ¿Y quién nos va a ver a esta hora? Además a ningún marciano le interesa verte el poto… Jijiji, re rió la vieja. Me parecían de lo más graciosas estas viejecitas y se me ocurrió jugarles una buena broma. Sus últimas palabras me dieron la idea. Me puse el gorro del polerón hasta la pera y encima puse los lentes oscuros, que guardaba en el bolsillo. Saqué mi celular del bolsillo del pantalón, lo conservé en mi mano y lo cubrí con la manga del polerón. Intenté hacer ruidos con la boca cerrada para que dieran la impresión de alguien amordazado. De pronto una de las viejas dijo: Irma, hay alguien allá arriba. Tienes razón, vieja, me dije pensando en los astros distantes, Hay alguien allá arriba. Me comencé a poner de pie, calculando la distancia del el borde para no caerme. No veía absolutamente nada, pero el silencio me indicaba que las viejas me habían visto. Me imaginé lo que las pobres ancianas veían en ese momento: un ser gris con ojos negros y grandes envuelto en la luz de la luna. Me pareció una escena espeluznante. Escuché la respiración agitada de una de las viejas, que al parecer estaban inmóviles. Extendí un brazo lentamente y presioné los botones del celular, pues supuse que la luz se trasluciría por la tela del polerón. De pronto las viejas comenzaron a gritar. Ahhhh!!! Los marcianos, corre huevona, corre. AAAAhhh!!! Se escuchó la puerta cerrarse de un portazo. Me quité los lentes y bajé del cobertizo lo más rápido que pude sin olvidarme de la botella de ron que aún no terminaba. Entré silenciosamente a la casa de mi amigo y me tendí a oscuras en un sillón intentando no reírme fuerte. No vi la reacción de las viejas, pero les di un gran susto, no hay duda de eso.