miércoles, 29 de diciembre de 2010

El árbol de frutos azules

Todos los veranos los hermanos Margarita y Flavio Lihn iban por unos días con sus padres de vacaciones al sur a casa de sus abuelos. Siempre se bajaban del auto y corrían a golpear la puerta. Siempre salía su abuelo Alipio Lihn a recibirlos y siempre lo tomaban de la mano y corriendo o mas bien dicho al paso del abuelo, se internaban en el bosque. Los padres descargaban tranquilamente el equipaje sin saber que sus hijos iban en busca del árbol de frutos azules.

El abuelo Alipio les había enseñado el lugar del árbol hace varios veranos atrás. Sus hojas eran como las de cualquier árbol de los alrededores, pero se diferenciaba del resto, entre otras cosas, por ser el más alto de todos. El abuelo aseguraba que era el único que sabía de su ubicación exacta y que el árbol tenía poderes mágicos. Cuando él era niño, les contaba, lo trepaba diariamente, pues hasta el día de hoy es un árbol muy fácil de trepar y entre sus ramas tiene lugares muy cómodos, incluso para dormir una siesta.

Entre sus muchos relatos, el más fantástico fue el de que una vez, a sus 10 años, el árbol dio unos extraños frutos azules, muy amargos. Fue sólo una vez, pues nunca más volvió a ver dichos frutos, pero aquel día pasaron cosas indescriptibles. El mismo día desde el horizonte llegó volando una enorme ave de largas plumas azules a comer los extraños frutos. Él la bautizó como Estela, ya que los tiernos ojos celestes del animal le recordaban a los de su propia abuela, de nombre Estela.

Margarita y Flavio no le creían mucho esas historias, pues ya no eran tan pequeños como la vez que la escucharon por primera vez. Margarita, de 10 años, la escuchó por primera vez cuando tenía 5 años. Su hermano Flavio, de 8 años, ni recordaba la primera vez que la oyó.

Según el relato del abuelo Alipio, se subió al lomo de Estela y ésta lo llevó hasta su nido, que estaba ¡En la luna! Cobijado del frío de las alturas por el felpudo plumaje del ave el niño Alipio durmió todo el trayecto y al despertar se encontró en un desierto blanco con la tierra en el cielo, en vez de la luna. ¡No lo podía creer! El nido de Estela estaba en un cráter, en el que habían 3 pequeñas avecitas, una de las cuales tenía los ojos muy parecidos a como se veía la tierra desde la luna. Jugó persiguiendo a las pequeñas aves y cuando sintió hambre le pidió a Estela que lo devolviera a su casa. Despertó a la hora de la puesta de sol acurrucado en la rama en la que solía descansar. Las puestas de sol vistas desde aquel árbol son las más lindas del mundo, decía siempre el abuelo.

Todos los veranos el abuelo Alipio esperaba a sus nietos, únicos conocedores de su secreto, para visitar el árbol de frutos azules. A su avanzada edad ya no podía treparlo, lo que lo desanimaba un poco, pero sus nietos eran ágiles y fuertes. Con muy claras instrucciones les indicaba a los niños por donde subir, donde descansar, donde esperar, pero ¿esperar qué? El viejo tenía la esperanza de ver nuevamente a Estela, su vieja amiga emplumada, pero ambos niños pensaban que su abuelo se estaba volviendo loco, o que quizás comer del fruto del árbol le hizo tener alucinaciones en su infancia.

Este verano tenían un plan. Habían conseguido plumas de pavo real y con temperas las habían pintado de azul, pero habían quedado tiesas y quebradizas. Aún así no dudaron de la efectividad de su plan maestro. La idea era hacer que las encontraban estando arriba del árbol y mostrárselas de pasada y así, calmar la mente desequilibrada de su abuelo, pero el plan no funcionó. El abuelo, al verlas, exclamó fuerte, No son esas, son muy chicas. Los niños se imaginaban algo así como un avestruz, por como lo describía su abuelo, pero al parecer el ave era mucho más grande. De pronto, entre las ramas algo se movió, los niños se abrazaron temiendo la presencia de algún animal salvaje o peor aún ¡La gigante ave azul! Pero no era nada de eso, era el abuelo Alipio que animado por fuerzas misteriosas trepó como pudo al árbol y alcanzó a los niños. Déjenme ver esas plumas, les dijo. La observó y los miró a los ojos, JAJAJAAAAA. Rió estrepitosamente. ¿No me creen? ya verán pequeños malandrines. El viejo se sentó en su rama mirando al sol. Al rato les dijo, Ya, bajemos, mañana venimos de nuevo. Los niños se miraron confusos y bajaron.

A la mañana siguiente los niños fueron a buscar a su abuelo, pero no estaba. Su abuela les dijo que había ido al bosque. Ya sabían dónde estaba.

Treparon al árbol y se encontraron con su abuelo al borde de una rama, sujetándose con solo una mano. ¿Qué haces, abuelo? Preguntó Margarita. Encontré un fruto, dijo el abuelo sonriendo. Efectivamente en una rama de difícil acceso había un pequeño fruto azul. La historia no era mentira, pensaron los niños. Escrutaron el cielo entrecerrando los ojos para ver aproximarse la enorme ave gigante de color azul que tanto les había hablado su abuelo. ¡JAJAJAAAAA! Estela vendrá en una semana más, dijo su abuelo con el pequeño fruto en su mano, ¡Pero nosotros nos vamos mañana! Exclamaron los niños, ¿Por qué no hablas con papá? Le pidieron emocionados, Eso no me corresponde, dijo el abuelo estudiando el pequeño fruto azul. Entonces los niños se miraron y bajaron cautelosamente para convencer a su padre de que se quedaran más días, hasta que vieran a Estela, que ahora era una majestuosa ave azul en su imaginario infantil.

Su padre estaba en la cocina, serio, concentrado en revisar su notebook, y sin mirarlos les dijo, No, nos vamos mañana. ¡Pero papá!, exclamaron a unísono los niños. Lo siento, tengo que trabajar. Fueron sus últimas palabras. Cabizbajos los niños fueron donde su abuelo para conseguir consuelo. El abuelo los abrazó y les dijo, No se pongan tristes y sean inteligentes niños, ya habrá tiempo para ver a Estela, se los aseguro. Mi papá es un ogro, dijo Margarita. El abuelo le acarició el mentón y le dijo, Tu papá era un niño curioso al igual que ustedes, deben entender que tiene que hacer muchas cosas. Sin duda quiere lo mejor para ustedes. Entonces ¿por qué no nos deja quedar más días? Dijo Flavio con los ojos vidriosos. Porque debe cumplir sus obligaciones, como ustedes, que deben cumplir sus obligaciones de niños. Vamos al árbol a buscar frutos, para que se lleven uno de recuerdo.

Los niños corrieron y treparon rápidamente. Al rato escucharon la voz del abuelo Alipio gritando desde abajo, ¿Ven más frutos? Como los niños no respondían el abuelo comenzó a trepar dificultosamente. Cuando llegó a donde estaban los niños estos tenían las manos y la polera, usada como bolsa de canguro, llena de pequeñas frutas azules. El árbol había florecido durante la mañana. Estoy impresionado, dijo el abuelo rascándose su escaso y blanco pelo. ¿Vendrá entonces Estela con sus hijos? Preguntó Flavio. Tal vez si, ya deben ser grandes y hermosos, respondió el abuelo. La pequeña Margarita pateó una rama con furia, remeciendo el árbol entero. ¿Y si rompes la rama? ¿Y si el árbol se cae? ¿Vendrá Estela o sus retoños? Se paciente pequeña, le dijo el abuelo dulcemente. Siéntense conmigo y disfrutemos la vista. Se sentaron y pasaron todo el día arriba del árbol, que rebosaba de frutos azules.

A la mañana siguiente los padres de Margarita y Flavio Lihn preparaban las maletas, mientras los niños desayunaban con el abuelo. Silenciosos se miraban con pesar por no poder asistir a la inminente llegada de Estela, la majestuosa ave de plumas azules venida desde la luna. Sin embargo, el abuelo Alipio tenía una leve sonrisa marcada y cada vez que cruzaba la mirada con uno de sus nietos, guiñaba un ojo, como si tuviera un plan. Antes de que los niños se levantaran de la mesa les dijo, Sean pacientes. La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces. Se despidieron afectuosamente y partieron con rumbo a la capital, en silencio.

Pasaron lentamente los día, cuando, luego de unos rápidos cálculos con los dedos, Flavio dijo a su hermana Margarita, Hoy es el día, hoy debería llegar Estela. Espero que el abuelo esté presente cuando llegue, dijo Margarita tendida en su cama mirando hacia ningún lado. No supieron nada y los días pasaron. De pronto, cuando el asunto ya había sido casi olvidado, los frutos que trajeron comenzaron a expeler un dulce olor. Los niños se miraron y sacaron la bolsa en que estaba de debajo de la cama. Huelen rico, se dijeron. Margarita se cuestionó en voz alta, Quizás son como el shampoo de frutilla, que huele muy rico, pero sabe horrible. Tienes razón, replicó Flavio mientras escupía los pedazos que se había echado a la boca. Margarita largó a reír. Jajaja, eres un tarado. Es que olían muy bien, dijo Flavio. Margarita tomó un fruto y lo observó. No pudo resistirse y también se lo llevó a la boca. ¡Guácatela! Sabe asqueroso, dijo mientras escupía. Ambos se echaron a reír.

De pronto, a esa hora en que empiezan a mostrarse las primeras estrellas, a lo lejos se escuchó una risotada conocida. JAJAJAJAAAA. Sin duda era la risa de su abuelo Alipio, pero ¿De dónde venía? Se asomaron por la ventana y vieron la silueta de un enorme pájaro oscuro contra la poca luz de sol que quedaba. Al ajustar la vista vieron a su abuelo montado sobre un bellísimo espécimen de ave azul, grande como un caballo, bello como un águila, brillante como la noche naciente. Sus ojos eran como la tierra, era sin duda el hijo de Estela. ¿Tienen los frutos? Mi amigo está cansado y tiene hambre, grito el abuelo mientras el ave aleteaba levantando polvo por todos lados. Los niños tomaron la bolsa y salieron al patio, donde la gigantesca ave descansaba. Con un poco de temor los niños mantuvieron la distancia, hasta que el abuelo les dijo. Acérquense, mi amigo quiere conocerlos, les he hablado mucho de ustedes. Se acercaron ambos y acariciaron sus alas suaves. Sin palabras miraron a su abuelo, absortos. Suban, les dijo, Vamos a dar un paseo cortito. Los niños se subieron mientras el ave se comía los frutos con bolsa y todo. Extendió sus brillantes alas y emprendió el vuelo con rumbo al este, hacia la luna. El abuelo los abrazó a ambos mientras el ave subía y subía. El viento se volvió helado y un sopor extraño los invadió. Duerman tranquilos, yo los despierto cuando lleguemos.

Todo fue como el relato de su abuelo, el desierto blanco, la familia de aves azules, de diversos tamaños. Estaba Estela. Un penacho blanco asomaba de su cabeza. Sin duda era el reflejo de su edad y experiencia. Estaban los 3 hijos de estela, ya grandes. Habían otras aves a la distancia rodeando otros cráteres, había huevos en los cráteres, pero no había árboles, nada que pudieran comer. El abuelo, sin que le preguntaran, dijo, Las aves anidan acá, comen en la tierra donde ellas mismas plantaron en distintos lugares del planeta los árboles que nosotros bien conocemos, pero no son de acá. Vienen de aún más lejos. Los ojos de los niños formularon la pregunta ¿De dónde? El viejo solo levantó la vista hacia la vastedad del universo. Ya es hora de que vuelvan, antes de que sus padres se preocupen por ustedes, dijo el viejo mientras caminaba hacia el ave azul que los trajo.

Los niños durmieron todo el camino y despertaron cada uno en su cama al día siguiente. Se miraron y sonrieron. Miraron simultáneamente bajo la cama, sin decirse nada, para ver si estaba la bolsa con los frutos, o si todo había sido un sueño. La bolsa no estaba. Fue todo real, pensaron. Al pasar a la cocina a tomar desayuno, siempre en silencio, vieron a su padre hablando por celular. Discutía, movía los brazos, caminaba de un lado a otro como un oso en una jaula pequeña. Cuando terminó de hablar dijo en voz alta, ¿A qué hora llegará el maldito embarque? Margarita le tomó la mano y le dijo, Se paciente. La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces. El padre, anonadado, dejó el celular a un costado y la besó en la frente. Fue el primer desayuno en familia en mucho tiempo.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El arte de las musas

A la deriva en medio de las cabezas pendulares.
Saturado el aire de un delicioso velo ondulado como serpientes.
Charchazo impecable.
Puñal en la aorta que inyecta el veneno más dulce en la sangre
Hasta inundar los ojos, los músculos, la vida.
En volutas se eleva la pasión del ejecutor
Y los náufragos se pierden en el delirio hipnótico,
Trance místico, volada majestuosa de los adictos.
¡Soy un adicto!
¡Yo la he visto!
¡Yo la he tocado tan calientemente!
He bailado ebrio y desnudo en el fuego de la medianoche,
He cantado flechas embetunadas con la verdad abandonada en morgues de azotes,
He llorado en Re sostenido al ritmo de unos ojos tristes.
Las palabras brillan como astros
Y violan el muro
Lubricadas por los tentáculos de una canción de viento y sangre.
Una canción es una expedición exitosa
Por las peligrosas cavernas del cerebro
Donde las bestias bailan mientras uno se vuelve loco.
¡Bailemos!
Te invito a bailar sobre mis venas,
Te invito a enloquecer.
Te cantaré mis heridas,
Te cantaré mis deseos,
Te cantaré mi rabia.
Te conozco,
He bailado ebrio y desnudo sobre tus venas,
Sobre tu corazón,
O lo que queda,
Sobre tu razón,
O lo que queda.
Sé hacia donde va el horizonte
Y ni los años pueden contradecirlo.
Cae por el surco que hizo la raíz
La nota trenzada con orgasmos y pensamientos vagos.
La canción muerde los talones de la muerte, la desafía.
El compositor se para sobre la montaña y grita.
Tiene el derecho a gritar.
Lo adquirió cantando,
Supo cómo navegar por las venas
Remeciendo las montañas impertérritas
Dormidas por todos los medios posibles.
Penden de los cielos oscuros millones de canciones en forma de fetos,
Retratos de sueños inmensos, de los que valen la pena,
No las lisonjas fugaces, ni las famas extranjeras.
Soy un náufrago en un mar de sonidos
Extasiado en la revolución de los sentidos.
Somos una nota en el himno universal.