jueves, 13 de noviembre de 2014

Nada

no tengo nada
debo todo y sonrío al protestar
mis ojos se cierran
y en soledad murmullo hacia el cielo
la noche incipiente
mis amigos lo pasan por alto
o brindan a la distancia
cuando no tengo palabras
pero después de haber cavilado todo el día
y de haberme perdido por laberintos
escritos por Enrique Lihn
descubro que no conozco a nadie
y nadie me conoce
porque soy azul negro y gris
y busco algo que no comprendo
y que sé que está allí
en algún rincón del universo
al que le hablo más de la cuenta
como a un padre
o un mecenas increíble
por ejemplo
le pedí encontrarme con alguien
para tomar cerveza escuchándolo
porque tomar solo es mal visto
porque escribir y tomar solo
es condenable
y entonces pasó este amigo de la infancia
y lo reconocí de inmediato
pero no le dije nada
porque nunca digo cosas
pero quería encontrarme con alguien
y pasó de largo
escondido bajo el suelo gris
luego pasó esa estrella
como cayendo hacia el noroeste
y le dije que quería alcanzarla
a sabiendas de que era un satélite
creado a imagen y semejanza
de los hombres
pero lo que le dije fue nada
porque siempre digo nada
entonces me encontré sentado
en la terraza
mirando siluetas
con una cerveza en la mano
y un manojo de imbecilidades en la cabeza
listas para explotar
me gusta esta vista azul

viernes, 7 de noviembre de 2014

Lo que hay en mi cabeza

Tengo la cabeza llena de animales irreales
Atajos a desiertos y planetas sin sol
Vagan mis fantasmas por un espacio extraño
Sin prisa sin tiempo sin sentido aparente
A una altura en que nada se puede distinguir
Donde la confusión es la madre de las infecciones
Y todo se vuelve polvo sobre los muebles
Los años son monstruos furiosos
Que arrasan con el paisaje
Vuelan los pétalos aplastados
Y los transforman en hojas tamaño oficio
Con gráficos y estadísticas
Cansadas de repetir y repetir
El himno de una patria ajena
Tengo la cabeza llena de océanos
Donde mis ojos se pierden
Y sueñan con la oscuridad total
Y con la cima de una colina blanca
Coronada de orgasmos
Y con lunas que explotan
Y suenan como guitarras enfermas
Y perros que no existen
Porque nunca hubo lobos domesticados
Tengo la cabeza llena de monumentos
A las cosas que se extinguieron
Están cubiertas de musgo antiguo
Descansan bajo la fría luz de una estrella distante
Tan distante como ese puente demolido
O la iglesia que no pide perdón
Hay en mi cabeza
Péndulos de barro pulidos en la decepción
Y piel carcomida por la calle
Está decorada con pinturas rupestres
Que representan un futuro colorido
Basura para tus ojos
Tengo la cabeza llena de ermitaños
Que marchan marcialmente
Fuera de este mundo
Tengo la cabeza llena de canciones
Llena de números ciegos
Llena de asesinatos
De sonrisas sin rostro
De otoños helados
Llena de espejos sucios
De mujeres desnudas
De botellas vacías
De grietas tatuadas
Llena de poemas inservibles
Llena de huesos quebrados
Llena del mundo
Pero lejos del mundo
Que la hora haya pasado
No quiere decir nada
Tengo la cabeza llena de cosas sin valor
Que no son transables en las bolsas
Que no sirven para alimentar a nadie
Son colores fríos que espantan
Al corazón rojo de fuego
Como si fuera un paria
Un extraño en el espejo
Un extranjero sin suelo
Un exhumano
Porque lo que llena mi cabeza no cabe en el mundo
No en este mundo
Que no es mi mundo
Mientras se seca mi pecho
La luna mira con desdén
Con su cara de piedra
Fría como un espejo de hielo
Como un corazón acuchillado
Como un perro apaleado
O un cero en la palma de la mano

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Al calor de la catástrofe

Cruje la ciudad
Como una guitarra quebrada
Bajó un diablo desvestido
Salpicó de sangre la tierra
La montaña te dejó aislada
Repitiendo la misma tonada
Hasta que llegó el olvido
Y nació una roca sagrada
Ya no quedan flores
En esta ciudad en llamas
Las lágrimas no han cesado
No tarda en hundirse la tierra
Desde la profundidad
Mis huesos parecen navajas
Infestadas de ácaros grises
Hambrientos en inmóvil marcha
Ya he escuchado este estruendo
Al calor de la catástrofe
Suena parecido al sol
Al que muere y al que nace

martes, 4 de noviembre de 2014

En busca de ruido pagano

Cuando los ojos no encuentran reflejo en ningún sitio, se tiende a buscar en lo más próximo. Por desgracia, lo más próximo es la basura.  El momento oficial, el que anuncian en los altavoces y del que todos hablan, es color de sombra y la puta del momento no sabe llorar, se muere de hace tiempo, pero le quedan orgasmos que fingir y mientras sus muslos agrietados rocen las cámaras, habrá gente en sus casas mordiendo sus entrañas.

Los templos se derrumban a compás monótono y los santos al interior rezan desesperados una oración monótona. No es necesario culpar a alguien a esta altura del partido, señora, señor. Sólo hay que ser capaz de ver que, entre los templos de los santos de los nuevos ruidos contemporáneos, no hay uno solo con las paredes tan sólidas, que sea capaz de soportar el peso monumental del cuadro que retrata lo que aquí abajo está sucediendo. Nadie, sin contar a sus propios órganos vitales, con sus tumores y humores, ha sido capaz de distinguir el real rostro del ser que yace bajo los escombros.

Hay caleta de dedos que tiran las cuerdas de donde cuelgan los suicidas de siempre, un montón de bocas que escupen al aire las letras que forman el famoso ritual pagano ya tan propio, un montón de huesos que azotan las pieles secas de un montón de animales muertos en sacrificio para recrear el famoso y manoseado ritual, no precisamente nativo, pero que las condiciones ambientales han arraigado hasta las fosas más hondas y por eso los cerros quedan desnudos cuando pasa el sol y los árboles bailan y sacuden sus copas y el vacío queda sepultado y la cuna queda invisible, por allá, más allá del terreno baldío donde juegan los buitres y mueren los que no lloran.

En la fría y desolada caminata por el territorio, el hambriento de ruido pagano es capaz de reconocer la volcánica, la magnética, la tumultosa presencia del músico encumbrado, original, auténtico y visionario, que aunque agite al viento los hechizos de brujos lejanos y muertos, marca con sangre la tierra que queda. No todos son originales y visionarios, pero las estaciones van haciendo madurar las ideas y dentro de su futuro próximo, es probable que sea una nueva especie de fruta o un nuevo sol nocturno.

Se riega esta historia de cuentos y verdades inmensas, a veces censuradas, otras brillantemente vestidas, otras veces son simplonas jugarretas o chistes repetidos ya cansados de existir. Si se toman de sus manos forman un manto inquebrantable que cubre la montaña y abriga del frío de no tener identidad. Son palabras que han salido del mar o del fondo de la grieta más honda de la ciudad marrón, se han curtido en el norte y en el sur, en el antes y el después, han caminado por todas las carreteras y en las noches se dedica a asesinar su propia inocencia, para vaciar su bilis en las conciencias de un puñado de revoltosas polillas somnolientas con tímpanos de acero que revolotean creyéndose ñus en estampida o tiburones moribundos en la costa del tiempo. De ellos es el templo del ruido pagano, el que soporta la embestida de las bestias invisibles, la subterránea canción chilena y su estela de dolores y colores.

Ruge. Ametralla con violenta prosa o lo que salga de tu intestino la desilusión de los tiempos. Llora la miseria disfrazada con que alimentan el orgullo los animales de carga. Cántale a los justos de esta tierra, a los próceres no bendecidos, a los caídos cotidianos, los que cantan en la verdad y lloran por todos los muertos. Hay ramas no tocadas en el árbol, son canciones no inventadas que se tienen que inventar. Hay sueños prohibidos y versos escondidos, que son los que tienen que poblar la canción. Pule tu lengua contra el asfalto, contra la piel, contra la historia, no repitiendo destrezas ajenas, no cantándole al sol de otro cielo, no disfrazándote de muerto célebre. Cada paso es lo que da forma al nuevo rostro de la identidad, porque el anterior ha quedado moreteado, irreconocible y si hoy quieres llamarlo, no podrá escucharte, pues sus oídos fueron reventados a culatazos de fusil.