lunes, 2 de noviembre de 2009

Habla con Dios

El sol rebota en las miradas,
El aire es suave como ámbar
Hablando con Dios él avanzaba
Un día sin pecado ni sombras.
De la urbe participante,
Andando al pulso, respirando.
Como un flash macabro vio la muerte
Dejarla a ella agonizando.
Lo vio dar vuelta en fuga. Se incendia el cielo.
En sus brazos dio el último instante.
Pecho abierto: el continente.
Mirada de muerte, rojo pañuelo.
Frágil sangre, trauma cruel,
Carne abierta, maldita muerte.
En su pupila aún lo ve al volante,
imborrable, eterna hiel.
Habla con Dios, reza por siempre,
pide justicia, castigo y dolor.
Reza en silencio sobre la tierra
Busca consuelo...
Pare ella, la muerta, esparcida en la calle,
quebrada en una miríada de cristales de sangre,
fetiche de los transeúntes, murmullo sin voz.
¿No hay respuesta?
Habla con Dios, reza por siempre,
busca consuelo, aplica su ley.

Tallado recuerdo medular, insomnio asfixiante,
Lo empuja al abismo, enfermo solemne.
Rostro de cemento, lo vio al volante.
Se fugó indemne entre las llamas del cielo.
Huyó cobardemente, sin destino.
Se llevó una flor de nube, joven mujer.
Habla con Dios.
Habla.
Busca consuelo.
Habla.
Rostro de cemento.
Habla.
Pecho abierto.
Habla.
Torbellino aciago.
Habla.
Sueño rojo.
Habla
Ojo de muerta.
Habla,
Sangra.
¿No hay respuesta?
Respira,
Suspira.

El sol quema las miradas,
el aire es sangre de accidente.
Hablando con Dios, rezando siempre,
un día de muerte y sombra.
En un rincón entre arañas
Sentado en carcajadas y alcohol
Rostro de cemento apareció
Como iluminado por la mañana.
Tensa calma, ojo fijado,
paso seguro, como guiado
Entró en el rincón enredado
y en silencio esperó el llamado.

"Hablé con Dios y te encontré.
Me pidió que te matara."


Voz firme, de metal.
Rostro de cemento tembló en misterio.
Ambos desenvainaron una hoja de acero
y en sangrienta batalla esperaron el final.
Frágil sangre, trauma cruel,
carne abierta, maldita muerte.
Pecho abierto: el continente.
La voz de Dios hasta el umbral.
Habló con Dios y le respondió.
Buscó la muerte y la encontró.
En silencio llegó el llamado
sin paz ni justicia, malinterpretado.

viernes, 30 de octubre de 2009

Viernes, 18:54

Llega la ira cuando el tiempo no avanza. La enfermedad del milenio se palpa, seca, sedienta, añorando los minutos fugaces de una batalla de días atrás, quizás años atrás, intactos en el líquido de los ojos. Cuando se ven extraños signos en el irrespirable aire sólo se quiere ser uno mismo e incinerar la nomenclatura del siglo y de las cenizas levantar un telescopio.
Sé que saldré a dar una vuelta por las Pleyades y volveré para morir una y otra vez, lo sé, como también sé que de las trazas de la memoria deshidratada nacerá el místico papiro que me llevará aún más lejos. Ya llegará la hora y pronto se irá. Frenesí y letargo. Llegará el silencio, ojalá llegue el silencio.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Luz de luna, dime qué decir.

Luz de luna, ¿qué recuerdas?

Lejano testigo de la última letra
De esta verdad a medias titulada tiempo,
Cuéntame ahora quién omitió el fragmento
En que aprendíamos a caminar derechos,
En oníricas luces al alcance verdadero
Y no en este falso mercado de flagelos,
Donde se compra la lanza, el beso y el recuerdo
Que algunos enmarcan en el cielo o el infierno.
Cada bocanada de miradas que retengo
Solo confirma un horizonte negro:
Una marcha lenta entre espinas y dientes
Bajo la vigilancia de un centinela repugnante (por dentro).
El progreso avanza como el gran bacanal
Que quemó las entrañas de quién, en silencio,
Abrió la tierra y esperó hasta muerto
La dulce melodía que escuchó en un comercial.

Luz de luna, dime qué decir
Para no seguir en este cruel silencio.
Son pocos los que hablan entre tantos muertos,
Son menos los capaces de una espada blandir.
Aprendí a marchar entre nombres disfrazados,
Bebí agua sucia y escuché (por ahí) algún fraude.
La apatía y la indolencia fluyen redundantes.
En el viaje mi reflejo se ha difuminado.
Luz de luna, ilumíname
Inspírame de tierra, de canto, de piel.
No quiero marchar hasta desfallecer
Y que mis hijos, maniatados, marchen también.

Lejano testigo de la última letra
De esta mala talla bautizada historia,
Esta que vende sus cupos desde antiguos días
Y enseña al lector a empuñar la piedra.
Tú, lejano testigo, puerta en el aire,
¿Te cuento un secreto? Quiero revelarme,
No quiero continuar esta marcha inevitable.
Dime qué decir, dime como alcanzarte.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Pinturas rupestres

Quizás de una sombra fue separado,
O de reacciones químicas intangibles.
Una antigua bestia me ha visitado
Y la historia no escrita ha hecho legible.

En el borde violento de los elementos
En lucha inmóvil y nacimiento constante,
Dio un salto la bestia que duró 1000 instantes
Para caer en el opaco espacio infinito.

Y yo estaba en la mitad del camino
Que usa el mar en su intento de fuga
Cuando destruye la fuente que lo alberga
Para seguir el gran sendero mortecino,

Justo cuando el llamado era más fuerte,
Cuando mis ojos leían la historia no escrita,
Cuando 1000 bestias saltaban en un instante,
Donde la lucha es inmóvil y el nacimiento constante.

Quizás de un rayo mortecino fue separado,
O de filosas rocas heridas por el mar.
El animal arcano abandonará su lugar
Para dar paso a uno más preparado,

Por que las rocas sucumbirán a las aguas
Y las aguas al llamado primordial.
Quizás otros ojos puedan ver al animal
Rayando el aire con sus nuevas alas.

jueves, 16 de abril de 2009

La advertencia

Cuando realizo escalada no suelo mirar hacia abajo hasta llegar a mi meta, pero esa vez no lo pude evitar. Fue como si me llamara en silencio. La vi en una roca saliente envuelta en si misma. Cuando alcancé aquel sitio la escuché sollozar. Quise acercarme, pero no me atreví. Quise hablarle, pero súbitamente se puso de pie. Estaba desnuda. Su singular belleza me dejó perplejo. Su pelo era negro y brillante como noche sin luna y llegaba hasta sus rodillas. Su tez morena la hacía parte de la montaña. De sus oscuros ojos orientales brotaban lágrimas. Me miraba con real odio. Comenzó susurrando algo en un idioma que nunca había escuchado. El tono de su voz se comenzó a elevar. Sin duda me estaba regañando. Me gritaba. Movía sus manos histriónicamente apuntando en todas direcciones, en particular al pueblo de donde había salido durante la mañana y al cielo. No despegaba sus ojos de mí. Me estaba culpando de algo y yo ya me estaba empezando a sentir culpable. De pronto se comenzó a acercar. Del miedo di un paso hacia atrás y solté el equipo que llevaba en mis manos, olvidando que estaba al borde del vacío. Unos 100 metros me separaban del suelo. Como por reflejo di un salto hacia delante, cayendo a unos pasos de aquella mujer, lo que ni la inmutó. Me miro en silencio por unos segundos, luego miró a la cima con mirada nostálgica y sin previo aviso se lanzó al vacío. Grité. Aterrado veía su cuerpo en caída libre a punto de azotarse contra la roca, pero sucedió algo increíble. A unos cuantos metros del suelo su silueta cambió. Su larga cabellera se formó en alas y planeando sutilmente aquella misteriosa mujer evitó la muerte. Se elevó. Cuando entró en contraste con el despejado cielo del medio día distinguí un enorme cóndor. ¡Ella se había transformado en un cóndor! La seguí con la vista hasta que desapareció. Estuve alrededor de 2 horas completamente absorto. La buscaba en el cielo en todas direcciones. Sus ojos, sus palabras, su vuelo. ¿Qué me habrá dicho? ¿En que idioma me hablaba? Escrutando el cielo noté una columna de humo que provenía de la misma montaña en la que me encontraba, lo que me llevó a interpretar las extrañas palabras de aquella mujer como una advertencia. Quizás algunas de las actividades de los habitantes del pueblo perturbaban el orden cósmico y los gestos de la mujer apuntaban a sanearlo para que no fuera destruido por la furia del volcán que estaba escalando y que yo no tenía idea que era un volcán. O quizás la destrucción era inminente y era parte de la venganza del planeta contra la raza humana que explotaba y agotaba todos los recursos a su paso. A esta altura la explicación más disparatada tenía sentido. Calculé que habían pasado ya unas 5 horas, pues mi reloj se encontraba entre las cosas que dejé caer, por lo que decidí descender y alertar a alguien sobre lo que se venía. El sol aún no se escondía. Mientras estaba bajando comenzó a temblar, lo que desató en mí una paranoia delirante. Tenía que advertir al pueblo acerca de su desdichado destino lo más pronto posible. Comencé a descender más rápido. A veces resbalaba y me alcanzaba a sujetar de alguna roca adecuada y justo cuando estaba a unos 4 o 5 metros del suelo no encontré ninguna. Caí esos metros restantes, luego no recuerdo nada.

Desperté la mañana del día siguiente en el hospital local. Cuando había llegado al pueblo di aviso a carabineros acerca de mi expedición a la montaña, señalando que mi descenso sería antes de la puesta de sol. Lo más probable es que, al no haber reportado mi regreso como habíamos convenido, hayan decidido ir a buscarme y me encontraron a los pies de la pared donde sucedió todo, pero eso no me importaba. Esas palabras incomprensibles estaban tatuadas en mi memoria. Intenté sentarme, pero el dolor me mandó de vuelta a la cama. Supuse una o dos costillas rotas. A los pocos minutos ingresó una doctora de apellido impronunciable de unos 50 años. Mientras me examinaba le dije que había que evacuar el pueblo, que había visto una fumarola y que la tierra había temblado. No le mencioné a la mujer cóndor para que no diera por loco a la primera. Me replicó que estuviera tranquilo, que las fumarolas eran frecuentes y que el volcán era monitoreado desde la capital con tecnología de punta, por lo que, ante cualquier lectura fuera de lo normal, se daría aviso con la antelación suficiente para evacuar el pueblo, si así fuese necesario. Insistí. No tuve más remedio que mencionarle a la mujer desnuda que había hallado en la montaña, lo que al parecer no le hizo gracia. Me dio unas pastillas y salió. Luego entró una enfermera joven, que luego de escucharme se encogió de hombros apurándose a salir. Maldije a todos esos provincianos de mierda. De pronto pensé que a lo mejor yo había mal interpretado las palabras y gestos de la mujer de la montaña, quizás yo lo estaba haciendo mal y la ira que me demostraba en realidad iba dirigida contra mí. Quizás tenía que volver a la capital y reformular mi vida. Era evidente que nadie me creería. Pensaba en eso cuando me dormí. Desperté cuando ya había oscurecido. Había un enfermero moviendo algunas cosas en un estante. Me saludó y aproveché de comentarle lo sucedido con lujo de detalles. Aquel hombre me miraba con suma atención. Cuando terminé mi relato me dijo con voz serena que quizás fue una alucinación producida por la exposición prolongada al sol, o la altura, o la comida local, todas explicaciones bastante razonables. Aquel infeliz me convenció de que había sufrido de alucinaciones. A la mañana siguiente, cuando me dieron el alta médica, volví a mi hotel en busca de mis cosas para marcharme. Subí a mi auto y me quedé unos 20 minutos pensando antes de partit. Me sentía derrotado. Cuando ya había recorrido unos cuantos metros comenzó un violento terremoto que duró unos 60 segundos, y a penas terminó, la montaña donde había visto a aquella extraña mujer hizo una gigantesca explosión. Desesperado conduje lo más rápido que pude. Por el retrovisor veía como el flujo piroclástico engullía al pequeño pueblo. Lloré desconsoladamente. Antes de que el camino entrara a un pequeño bosque detuve el auto y bajé. No quedaba nada. En apenas minutos solo quedaba una enorme nube gris con destellos de lava incandescente. Noté sobre mi cabeza que 6 majestuosos cóndores volaban en círculos sobre mí. Esos cóndores son como la culpa que aún vuela en círculos sobre el cadáver de mi conciencia.

jueves, 9 de abril de 2009

Profeta

El falso profeta nunca supo que lo fue. Lo apuntaron con el dedo los que llevaban la verdad. Eran los mismos de la verdad negra, los de la verdad blanca, los de la verdad a medias. El falso profeta estuvo a un paso de ser el auténtico, pero se dejó llevar por unas cuantas verdades. La humanidad aún espera.

Hay un león en el baño.

Estaba en el quinto cubículo del baño de la empresa, cuando de pronto bajo la puerta pasó la cola de un león. Al principio dudé, pero el rugido lo confirmó. Confundido y temblorozo, tomé la desición más osada de mi vida. Me limpié y esperé a ver nuevamente la cola. cuando sucedió me subí sobre la tasa y jalé de la cola fuertemente. La puerta me protegía. El animal luchó y rugío salvajemente. Cuando estuvo en la posición indicada me subí al estanque sin soltar de la cola. Cedí un poco para abrir la puerta y en el momento preciso tiré muy fuertemente mientras subía por la pared izquerda del cubículo. El león quedó cabeza abajo, pues esa era mi inteción. Salté sobre el piso mojado y de una patada cerré la puerta. Pateé tán fuerte, que caí al piso. Mientras estaba tendido pensaba en lo irreal de la situación, pero cuando vi la expresión de terror de aquel tipo que me miraba con el cepillo de dientes en su boca supe que él también lo había visto. Me puse de pie y le dije:
-Mantén esa puerta cerrada, yo voy por ayuda.
Salí caminando con gesto heróico.