miércoles, 29 de diciembre de 2010

El árbol de frutos azules

Todos los veranos los hermanos Margarita y Flavio Lihn iban por unos días con sus padres de vacaciones al sur a casa de sus abuelos. Siempre se bajaban del auto y corrían a golpear la puerta. Siempre salía su abuelo Alipio Lihn a recibirlos y siempre lo tomaban de la mano y corriendo o mas bien dicho al paso del abuelo, se internaban en el bosque. Los padres descargaban tranquilamente el equipaje sin saber que sus hijos iban en busca del árbol de frutos azules.

El abuelo Alipio les había enseñado el lugar del árbol hace varios veranos atrás. Sus hojas eran como las de cualquier árbol de los alrededores, pero se diferenciaba del resto, entre otras cosas, por ser el más alto de todos. El abuelo aseguraba que era el único que sabía de su ubicación exacta y que el árbol tenía poderes mágicos. Cuando él era niño, les contaba, lo trepaba diariamente, pues hasta el día de hoy es un árbol muy fácil de trepar y entre sus ramas tiene lugares muy cómodos, incluso para dormir una siesta.

Entre sus muchos relatos, el más fantástico fue el de que una vez, a sus 10 años, el árbol dio unos extraños frutos azules, muy amargos. Fue sólo una vez, pues nunca más volvió a ver dichos frutos, pero aquel día pasaron cosas indescriptibles. El mismo día desde el horizonte llegó volando una enorme ave de largas plumas azules a comer los extraños frutos. Él la bautizó como Estela, ya que los tiernos ojos celestes del animal le recordaban a los de su propia abuela, de nombre Estela.

Margarita y Flavio no le creían mucho esas historias, pues ya no eran tan pequeños como la vez que la escucharon por primera vez. Margarita, de 10 años, la escuchó por primera vez cuando tenía 5 años. Su hermano Flavio, de 8 años, ni recordaba la primera vez que la oyó.

Según el relato del abuelo Alipio, se subió al lomo de Estela y ésta lo llevó hasta su nido, que estaba ¡En la luna! Cobijado del frío de las alturas por el felpudo plumaje del ave el niño Alipio durmió todo el trayecto y al despertar se encontró en un desierto blanco con la tierra en el cielo, en vez de la luna. ¡No lo podía creer! El nido de Estela estaba en un cráter, en el que habían 3 pequeñas avecitas, una de las cuales tenía los ojos muy parecidos a como se veía la tierra desde la luna. Jugó persiguiendo a las pequeñas aves y cuando sintió hambre le pidió a Estela que lo devolviera a su casa. Despertó a la hora de la puesta de sol acurrucado en la rama en la que solía descansar. Las puestas de sol vistas desde aquel árbol son las más lindas del mundo, decía siempre el abuelo.

Todos los veranos el abuelo Alipio esperaba a sus nietos, únicos conocedores de su secreto, para visitar el árbol de frutos azules. A su avanzada edad ya no podía treparlo, lo que lo desanimaba un poco, pero sus nietos eran ágiles y fuertes. Con muy claras instrucciones les indicaba a los niños por donde subir, donde descansar, donde esperar, pero ¿esperar qué? El viejo tenía la esperanza de ver nuevamente a Estela, su vieja amiga emplumada, pero ambos niños pensaban que su abuelo se estaba volviendo loco, o que quizás comer del fruto del árbol le hizo tener alucinaciones en su infancia.

Este verano tenían un plan. Habían conseguido plumas de pavo real y con temperas las habían pintado de azul, pero habían quedado tiesas y quebradizas. Aún así no dudaron de la efectividad de su plan maestro. La idea era hacer que las encontraban estando arriba del árbol y mostrárselas de pasada y así, calmar la mente desequilibrada de su abuelo, pero el plan no funcionó. El abuelo, al verlas, exclamó fuerte, No son esas, son muy chicas. Los niños se imaginaban algo así como un avestruz, por como lo describía su abuelo, pero al parecer el ave era mucho más grande. De pronto, entre las ramas algo se movió, los niños se abrazaron temiendo la presencia de algún animal salvaje o peor aún ¡La gigante ave azul! Pero no era nada de eso, era el abuelo Alipio que animado por fuerzas misteriosas trepó como pudo al árbol y alcanzó a los niños. Déjenme ver esas plumas, les dijo. La observó y los miró a los ojos, JAJAJAAAAA. Rió estrepitosamente. ¿No me creen? ya verán pequeños malandrines. El viejo se sentó en su rama mirando al sol. Al rato les dijo, Ya, bajemos, mañana venimos de nuevo. Los niños se miraron confusos y bajaron.

A la mañana siguiente los niños fueron a buscar a su abuelo, pero no estaba. Su abuela les dijo que había ido al bosque. Ya sabían dónde estaba.

Treparon al árbol y se encontraron con su abuelo al borde de una rama, sujetándose con solo una mano. ¿Qué haces, abuelo? Preguntó Margarita. Encontré un fruto, dijo el abuelo sonriendo. Efectivamente en una rama de difícil acceso había un pequeño fruto azul. La historia no era mentira, pensaron los niños. Escrutaron el cielo entrecerrando los ojos para ver aproximarse la enorme ave gigante de color azul que tanto les había hablado su abuelo. ¡JAJAJAAAAA! Estela vendrá en una semana más, dijo su abuelo con el pequeño fruto en su mano, ¡Pero nosotros nos vamos mañana! Exclamaron los niños, ¿Por qué no hablas con papá? Le pidieron emocionados, Eso no me corresponde, dijo el abuelo estudiando el pequeño fruto azul. Entonces los niños se miraron y bajaron cautelosamente para convencer a su padre de que se quedaran más días, hasta que vieran a Estela, que ahora era una majestuosa ave azul en su imaginario infantil.

Su padre estaba en la cocina, serio, concentrado en revisar su notebook, y sin mirarlos les dijo, No, nos vamos mañana. ¡Pero papá!, exclamaron a unísono los niños. Lo siento, tengo que trabajar. Fueron sus últimas palabras. Cabizbajos los niños fueron donde su abuelo para conseguir consuelo. El abuelo los abrazó y les dijo, No se pongan tristes y sean inteligentes niños, ya habrá tiempo para ver a Estela, se los aseguro. Mi papá es un ogro, dijo Margarita. El abuelo le acarició el mentón y le dijo, Tu papá era un niño curioso al igual que ustedes, deben entender que tiene que hacer muchas cosas. Sin duda quiere lo mejor para ustedes. Entonces ¿por qué no nos deja quedar más días? Dijo Flavio con los ojos vidriosos. Porque debe cumplir sus obligaciones, como ustedes, que deben cumplir sus obligaciones de niños. Vamos al árbol a buscar frutos, para que se lleven uno de recuerdo.

Los niños corrieron y treparon rápidamente. Al rato escucharon la voz del abuelo Alipio gritando desde abajo, ¿Ven más frutos? Como los niños no respondían el abuelo comenzó a trepar dificultosamente. Cuando llegó a donde estaban los niños estos tenían las manos y la polera, usada como bolsa de canguro, llena de pequeñas frutas azules. El árbol había florecido durante la mañana. Estoy impresionado, dijo el abuelo rascándose su escaso y blanco pelo. ¿Vendrá entonces Estela con sus hijos? Preguntó Flavio. Tal vez si, ya deben ser grandes y hermosos, respondió el abuelo. La pequeña Margarita pateó una rama con furia, remeciendo el árbol entero. ¿Y si rompes la rama? ¿Y si el árbol se cae? ¿Vendrá Estela o sus retoños? Se paciente pequeña, le dijo el abuelo dulcemente. Siéntense conmigo y disfrutemos la vista. Se sentaron y pasaron todo el día arriba del árbol, que rebosaba de frutos azules.

A la mañana siguiente los padres de Margarita y Flavio Lihn preparaban las maletas, mientras los niños desayunaban con el abuelo. Silenciosos se miraban con pesar por no poder asistir a la inminente llegada de Estela, la majestuosa ave de plumas azules venida desde la luna. Sin embargo, el abuelo Alipio tenía una leve sonrisa marcada y cada vez que cruzaba la mirada con uno de sus nietos, guiñaba un ojo, como si tuviera un plan. Antes de que los niños se levantaran de la mesa les dijo, Sean pacientes. La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces. Se despidieron afectuosamente y partieron con rumbo a la capital, en silencio.

Pasaron lentamente los día, cuando, luego de unos rápidos cálculos con los dedos, Flavio dijo a su hermana Margarita, Hoy es el día, hoy debería llegar Estela. Espero que el abuelo esté presente cuando llegue, dijo Margarita tendida en su cama mirando hacia ningún lado. No supieron nada y los días pasaron. De pronto, cuando el asunto ya había sido casi olvidado, los frutos que trajeron comenzaron a expeler un dulce olor. Los niños se miraron y sacaron la bolsa en que estaba de debajo de la cama. Huelen rico, se dijeron. Margarita se cuestionó en voz alta, Quizás son como el shampoo de frutilla, que huele muy rico, pero sabe horrible. Tienes razón, replicó Flavio mientras escupía los pedazos que se había echado a la boca. Margarita largó a reír. Jajaja, eres un tarado. Es que olían muy bien, dijo Flavio. Margarita tomó un fruto y lo observó. No pudo resistirse y también se lo llevó a la boca. ¡Guácatela! Sabe asqueroso, dijo mientras escupía. Ambos se echaron a reír.

De pronto, a esa hora en que empiezan a mostrarse las primeras estrellas, a lo lejos se escuchó una risotada conocida. JAJAJAJAAAA. Sin duda era la risa de su abuelo Alipio, pero ¿De dónde venía? Se asomaron por la ventana y vieron la silueta de un enorme pájaro oscuro contra la poca luz de sol que quedaba. Al ajustar la vista vieron a su abuelo montado sobre un bellísimo espécimen de ave azul, grande como un caballo, bello como un águila, brillante como la noche naciente. Sus ojos eran como la tierra, era sin duda el hijo de Estela. ¿Tienen los frutos? Mi amigo está cansado y tiene hambre, grito el abuelo mientras el ave aleteaba levantando polvo por todos lados. Los niños tomaron la bolsa y salieron al patio, donde la gigantesca ave descansaba. Con un poco de temor los niños mantuvieron la distancia, hasta que el abuelo les dijo. Acérquense, mi amigo quiere conocerlos, les he hablado mucho de ustedes. Se acercaron ambos y acariciaron sus alas suaves. Sin palabras miraron a su abuelo, absortos. Suban, les dijo, Vamos a dar un paseo cortito. Los niños se subieron mientras el ave se comía los frutos con bolsa y todo. Extendió sus brillantes alas y emprendió el vuelo con rumbo al este, hacia la luna. El abuelo los abrazó a ambos mientras el ave subía y subía. El viento se volvió helado y un sopor extraño los invadió. Duerman tranquilos, yo los despierto cuando lleguemos.

Todo fue como el relato de su abuelo, el desierto blanco, la familia de aves azules, de diversos tamaños. Estaba Estela. Un penacho blanco asomaba de su cabeza. Sin duda era el reflejo de su edad y experiencia. Estaban los 3 hijos de estela, ya grandes. Habían otras aves a la distancia rodeando otros cráteres, había huevos en los cráteres, pero no había árboles, nada que pudieran comer. El abuelo, sin que le preguntaran, dijo, Las aves anidan acá, comen en la tierra donde ellas mismas plantaron en distintos lugares del planeta los árboles que nosotros bien conocemos, pero no son de acá. Vienen de aún más lejos. Los ojos de los niños formularon la pregunta ¿De dónde? El viejo solo levantó la vista hacia la vastedad del universo. Ya es hora de que vuelvan, antes de que sus padres se preocupen por ustedes, dijo el viejo mientras caminaba hacia el ave azul que los trajo.

Los niños durmieron todo el camino y despertaron cada uno en su cama al día siguiente. Se miraron y sonrieron. Miraron simultáneamente bajo la cama, sin decirse nada, para ver si estaba la bolsa con los frutos, o si todo había sido un sueño. La bolsa no estaba. Fue todo real, pensaron. Al pasar a la cocina a tomar desayuno, siempre en silencio, vieron a su padre hablando por celular. Discutía, movía los brazos, caminaba de un lado a otro como un oso en una jaula pequeña. Cuando terminó de hablar dijo en voz alta, ¿A qué hora llegará el maldito embarque? Margarita le tomó la mano y le dijo, Se paciente. La paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces. El padre, anonadado, dejó el celular a un costado y la besó en la frente. Fue el primer desayuno en familia en mucho tiempo.

viernes, 17 de diciembre de 2010

El arte de las musas

A la deriva en medio de las cabezas pendulares.
Saturado el aire de un delicioso velo ondulado como serpientes.
Charchazo impecable.
Puñal en la aorta que inyecta el veneno más dulce en la sangre
Hasta inundar los ojos, los músculos, la vida.
En volutas se eleva la pasión del ejecutor
Y los náufragos se pierden en el delirio hipnótico,
Trance místico, volada majestuosa de los adictos.
¡Soy un adicto!
¡Yo la he visto!
¡Yo la he tocado tan calientemente!
He bailado ebrio y desnudo en el fuego de la medianoche,
He cantado flechas embetunadas con la verdad abandonada en morgues de azotes,
He llorado en Re sostenido al ritmo de unos ojos tristes.
Las palabras brillan como astros
Y violan el muro
Lubricadas por los tentáculos de una canción de viento y sangre.
Una canción es una expedición exitosa
Por las peligrosas cavernas del cerebro
Donde las bestias bailan mientras uno se vuelve loco.
¡Bailemos!
Te invito a bailar sobre mis venas,
Te invito a enloquecer.
Te cantaré mis heridas,
Te cantaré mis deseos,
Te cantaré mi rabia.
Te conozco,
He bailado ebrio y desnudo sobre tus venas,
Sobre tu corazón,
O lo que queda,
Sobre tu razón,
O lo que queda.
Sé hacia donde va el horizonte
Y ni los años pueden contradecirlo.
Cae por el surco que hizo la raíz
La nota trenzada con orgasmos y pensamientos vagos.
La canción muerde los talones de la muerte, la desafía.
El compositor se para sobre la montaña y grita.
Tiene el derecho a gritar.
Lo adquirió cantando,
Supo cómo navegar por las venas
Remeciendo las montañas impertérritas
Dormidas por todos los medios posibles.
Penden de los cielos oscuros millones de canciones en forma de fetos,
Retratos de sueños inmensos, de los que valen la pena,
No las lisonjas fugaces, ni las famas extranjeras.
Soy un náufrago en un mar de sonidos
Extasiado en la revolución de los sentidos.
Somos una nota en el himno universal.

martes, 30 de noviembre de 2010

La marcha de los caballos

Oigo un galope tenue que se acrecenta entre la niebla matutina: Es la marcha de los caballos. A las ferias de la cuidad traen la fruta sumisos y cuando se juntan varios se cuentan un secreto antiguo que dice que sobre sus lomos prehistóricos el hombre se hizo hombre. Nos miran de reojo con desinterés animal, pero se saben artífices de la feria, de la ciudad, del mundo. En su relinchar se palpa el orgullo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Breve reflexión sobre una gran banda

De las veredas, de los cassettes piratas, de las botellas vacías
Hace años nació el trueno subterráneo en las manos de grandes hombres
De palabras poderosas, sumisos y rebeldes, nóveles rockeros
De ancho pensamiento sincero frecuentemente agitado por el viento del sur, nuestra casa
Que encaramados en las ramas de un sueño dieron aliento a una canción colosal

De origen ya guardado
En un principio fue un cuadrado extraño, con bordes sin forma
Pero en sus esquinas se cuajaban espadas
De pronto se hizo triángulo equilátero
Geométricamente sólido como un muro aún en pie
Silenciosamente cargado hacia el sur, al corazón y a los edificios
Viajábamos: Cesar, el de las firmes pisadas; Ricardo, el de la palabra gruesa; y yo
Blandiendo juntos nuestra nueva arma contra los molinos de viento del sur

Cesar creaba sismos de mediana intensidad
Dominaba el arte de sorprender
Desarmaba las estructuras preconcebidas que pululan en los bares y radios
Y sobre el esqueleto sudado que hacía, poníamos el resto parches de piel palpitante
Ricardo cantaba árboles de raíz profunda
También nubes grises y grietas en el pavimento
Su voz traía viento directamente desde el sur
Y cuando anudábamos todo lo que escupíamos
Sonreíamos y brindábamos

Siempre fue así...

Fue un viaje lento, al ritmo de Saturno
Sobre un lienzo invisible pintamos con colores imaginarios
Los caminos por donde deberíamos pasar
Y pasamos por muchos de ellos
Triunfantes, cansados, frustrados, extasiados
Pero nos pasó lo que a los templos milenarios
O a los animales extinguidos
No alcanzamos a caminar por todos ellos
Cada uno de nosotros tenía una dosis particular de fuego
Y en algunos se apagó
Fue sólo eso

Tallamos con los huesos un repertorio de rayos y luciérnagas
Grabamos en la pared de la historia nuestro nombre al revés
Nadie lo leyó
Solo un puñado de gente bebió de nuestra sangre y la disfrutó
El resto nunca vio nuestras venas abiertas
Pero si hubiesen visto
Habrían danzado poseídos el ritual sucio que inventamos
Con los pies en las nubes
La cabeza en llamas
Los ojos humeantes
La voz volcánica
La mente en gris
Las manos abiertas
El sueño encendido

Todo fue como un lindo dibujo de un árbol
Con un volantín sin dueño que lo reclame
La cara fue prestada, pero el alma fue agua real y transparente
Los caminos se ven distintos desde la cima de los años
En nueve se durmió la voz, cansada
Soy el vestigio de una canción incompleta
De una historia no considerada, jamás

Una vez tuvimos suerte
Hoy en silencio imagino la gota amarga en las hojas del trébol
Un día nos desfiguramos en un trébol de cuatro hojas
Fue en la cúspide del fuego
Fue la alineación de los astros
Andrés trajo truenos de otros cielos
Y blindamos la carcasa sónica con peso, mucho peso
Y rodamos por los bares desenrollando nuestro pergamino
Silenciando a la tierra para que nos escuchara
Y así lo hizo
Por un momento lo que esperamos llegó
Y luego seguimos esperando

Esperamos sentados a que los caminos se abrieran
Con el viento meciendo nuestra ya corta cabellera
Que otrora sacudiéramos al ritmo del viento del sur
Esperamos sonriendo, confiando en nuestro fuego eterno
En la llama poderosa que coció nuestras entrañas
Haciendo canciones hermosas como nubes
Como cernícalos volando al horizonte
Esperamos que el viento del sur las dispersara
Por la atmósfera enrarecida de la cuidad
Esperamos...

En tensa latencia seguimos esperando
Supongo que la historia no nos consideró jamás
Supongo que cada uno de nosotros tenía una dosis particular de fuego
Y en algunos se apagó
Fue sólo eso

Lloré

Fue una canción colosal
Fue una vista panorámica impresionante
Fue un atardecer de aquellos inolvidables
Fue un pedazo de tiempo con dulce sabor
Fue una escuela con maestros clásicos
Fue un lindo sueño
Fue...

El mundo se ha transformado
Se ha vuelto un poco menos brillante desde aquel 19 de noviembre de 2010
En una pieza perdida duerme la canción
Esperando que nuestros hijos recorran los tugurios capitalinos
En busca de rocanrol y nosotros
Con nostalgia
Hallemos en sus ojos la chispa que perdimos.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Noche nubosa en la montaña

Qué juego más macabro es este
Cuando los hilos se entrelazan
Y sin quierer constriñen tu cuello

La muerte sobre la muerte
Es peor caminar muerto que morir de golpe
Fulminado

La incertidumbre fabrica fantasmas
De esos mismos que ayer atormentaron mis ensangrentados ojos

Las rocas no hablan, pero golpean duro en el pecho
Las rocas guardan misterios en su lado oculto
Al igual que las nubes, envoltura de secretos ancestrales
Que maquinan el rayo en su paseo venturoso

Me habló una roca y me dijo: No hables
Fui una nube que se deshizo en la altura
Bajo el influjo de la luna
Y esparcido por el aire musité el cansancio que llevo
Que sentí desvanecerse ante la mirada atenta de esa luna llena
Que arruyó mi mente y me hizo dormir

La niebla se disipó en la cumbre de la montaña
Y la roca rodó cuesta abajo bajo la luz de la luna
Fría, sin decir nada
Cometiendo el error que suelen cometer las rocas

Cuando un camino no lleva a ninguna parte
La noche no existe
Y los lobos que custodian a la muerte
Se esfuman, aunque los sienta morder mis piernas
Es la incertidumbre de habitar en la montaña

Oh Dios

Entre truenos viejos me desplazo con mis dedos fracturados
Comparto con bestias antiguas
Con órdenes inconclusas
Con galaxias abortadas
Le he pedido a Dios que exista
Y que limpie el río impúdico que cruza la cuidad
Que descifre los jeroglíficos del pan
Pero no se ha materializado
¡Oh Dios! Sálvame de tu creación, digo
Y me duermo entre las ruinas del mundo

miércoles, 13 de octubre de 2010

Autodestierro

Dormía tranquilo,
Viajaba ligero,
Di un largo paseo
En un camino etéreo.
Perdí la sonrisa,
También perdí el sueño,
Amplio silencio,
Autodestierro.

La niebla me encontró volando bajo.
La niebla me encontró volando bajo.

Destino distante,
Respuesta implacable,
Me ahogo en mi sed.
Destino distante,
Casi inalcanzable,
Se pierde mi fe.

Viajaba a oscuras
Por raros terrenos,
Sembré en mi cabeza
Extraños misterios,
Mi norte magnético
Cambió un par de veces,
Ahora transito
En un vórtice ajeno.

La niebla me encontró volando bajo.
La niebla me encontró volando bajo.

Destino distante,
Respuesta implacable,
Me ahogo en mi sed.
Destino distante,
Casi inalcanzable,
Se pierde mi fe.

Mira al cielo,
Emprende el viaje a ningún lugar,
Extiende los brazos en soledad.
Los pájaros huyen de mí…
No siempre fue así.
Cruz de fuego,
Si has de quemarme sé que lo harás,
Limpiar mis heridas mi insanidad.
La vida se burla de mí…
No siempre fue así.

miércoles, 6 de octubre de 2010

El rey de la selva

Jadeante en medio de la seca sabana
Sombra entre sombras descansa el león,
De explosiva melena oscura y descomunales garras,
De mirada asesina galvanizada en la carne de cebras y ñus.
Panthera leo.
A la sombra de una acacia vieja
Seguro al amparo de su rugido telúrico,
De su nombre apoteósico,
Del mito sanguinario que expande la noche entre las otras bestias,
Respira el orden que su garra imprime.

El sol se despide ante su presencia.
La sed lo lleva a buscar
Un charco donde beber con su áspera lengua,
Sin miedo, confiado.
Da pasos profundos sobre la cuna del mundo,
Lento, olfateando por inercia el horizonte enrojecido.
Pero hay algo extraño,
La soberbia del rey se quiebra.
Desde la espesura de los arbustos se anuncia
Un animal sin forma.
Pero el león no retrocede.
Sus garras y colmillos han derribado a cientos de leones
En batallas que se escuchan hasta en otros continentes,
Y jamás se ha amedrentado ni por elefantes ni rinocerontes.

Lanza su rugido como un cometa sobre la tierra
Y el tiempo se detiene.
Los insectos y los pájaros hacen callar a las estrellas nacientes.
El rey ha preguntado algo.
De pronto una centella escapa desde los arbustos,
Algo corre con miedo.
El león instintivamente lo sigue
Y los versos de la vida en la tierra se hacen una carrera salvaje.
En un claro terroso el sol rojo ilumina al fugitivo:
Es un licaón.
Lycaon pictus.

El león lo persigue con furia,
Cegado por sed de castigar y reprimir con su garra
Al invasor del atardecer africano, al perturbador del quieto aire suyo.
El licaón no mira hacia atrás.
Como una bala de cazador se incrusta en el follaje espeso.
El tiempo está aún detenido.
El sol no avanza, las estrellas no se muestran.
Los insectos y los pájaros reverencian a su rey.
El león no piensa y da zarpazos y rugidos,
Amenazas al cielo y a la sabana entera.
Toda la fauna selvática corre despavorida
Ante la furia del león.

Satisfecho por su berrinche autoritario
Abandona el lugar para volver a buscar su agua,
Pero al voltear se encuentra inmerso en una marea
De licaones con los ojos iluminados.
Son pequeños, no lo asustan.
De un zarpazo derriba a uno que cae muerto entre las sombras.
Pero son muchos.
Dan chillidos, claves secretas.
Sic semper tyrannis.
Bloquean las salidas, enclaustran al león, son inteligentes.
El león retrocede, pero cae en las fauces de cientos de licaones.
Se voltea para sacarse a sus enemigos, pero son invisibles.
Sus piernas, su vientre, el león se desmorona en la naciente noche africana
Derrocado por su propia sed.
Su rugido se desvanece entre el cantar indiferente de los insectos y los pájaros,
Ayer leales al rey, mañana al que venga rugiendo mas fuerte, timoratos.
Cuando el sol vuelva a nacer el león será solo huesos roídos
Y en la sabana seguirá primando el trabajo colectivo,
Como en los licaones, las termitas, en las hienas, como en los hombres.

El rey de la selva nunca existirá.

lunes, 4 de octubre de 2010

Al Rock

Cómo se remecen mis células
Cuando una avalancha de rock destruye mis oídos,
El mundo se cubre de negro, un color más real que la luna, que es negra.
Un paréntesis entre las llagas.
Cómo me burlo del tiempo.
Ríos volcánicos de endorfina fluyen por mis sesos.
El mundo se estremece y todo se hace una sola canción.

Qué Dios, qué Satán,
El verdadero puño se hace cuando se canta a la realidad
Sea en el idioma que sea.
Una palabra bien calibrada más un riff destructivo
Son el modo más grato de despertar al mundo.
Víctor Jara hoy usaría una Gibson SG
Y su rocanrol crearía olas en el océano.
Violeta Parra sería punk, Violenta Perra
Y su canción sería el combo en el hocico más certero
En la cara tranquila de los estamentos.

El rock se hizo parte inherente de la raíz de la música chilena,
Hace rato.
El árbol subterráneo mueve silenciosamente la tierra bajo nuestros pies.
La rabia es una serpiente con distintos nombres
Que se enrolla entre sus ramas.
La fruta prohibida fue prohibida adrede.
Un buen tema con la letra precisa es mi despertador,
Un gallo de metal que canta con furia,
No a la hora establecida, sino a la hora que se le plazca,
A las 2:30AM, a los 30, da lo mismo.

Con cuerdas de guitarra salgo del pozo,
La profundidad tiembla con la frecuencia abismal del bajo,
La batería da el pulso de la batalla y del corazón,
Que es la cuna de la palabra,
De la canción,
Del verdadero rock,
No la basura intrascendente que alaba a la nada
O el tributo clon de barro que repta vestido de virtud
Y brilla por pose y nada más.

Cómo se remece mi conciencia
Al oír cantar las verdades verdaderas.
Un riff afilado para el cuerpo,
Una letra conciente para el alma,
Una banda tocando desde la verdad hundida,
Desde la grieta amarga de la historia injusta,
Desde la perspectiva pesimista de las estadísticas maquilladas,
Desde un corazón roto.

¡Me doy al rock!

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Sueño con poeta incluido

De la mano de mi pequeña hija Agatha caminábamos con el rumbo que dan los sueños
Solo nosotros de la mano, avanzando hacia quién sabe donde, sonriendo
De pronto, sin ningún aviso, se desató una brutal tormenta
Rayos dementes explotaban en el negro cielo
Un gran vórtice se abrió entre las nubes violentas
Como un ojo vigilante sobre los hombres
Como un portal al infierno
Tomé en brazos a mi pequeña y huimos
Llovía fuertemente
Nunca nos mojamos, pero la lluvia nos iba a alcanzar inminentemente
Corrimos entre calles, esquivando autos y personas sin rostro
Pero a pesar de todo estábamos tranquilos
Se abrió una puerta a nuestra izquierda y un hombre viejo nos invitó a pasar
Entramos silenciosos y nos sentamos a conversar de las cosas que se hablan en los sueños
Había otras personas presentes
Uno tenía una boina y barba de chivo
El otro era solo una silueta
Y el viejo que nos invitó a cobijarnos de la tormenta
Nicanor Parra de nombre
Nos hablaba con elocuencia
Reíamos
Comimos de esas cosas que se comen en los sueños
Creo que sosteníamos copas en la mano
Yo, con mi hija en brazos, le di las gracias con un ligero movimiento de cabeza
Me dijo que nos acomodáramos en los sillones
Se puso de pie y se fue a dormir
No recuerdo si brindé con él
Pero bueno... así pasa en los sueños

martes, 28 de septiembre de 2010

Grietas

Vengo de errar por Santiago
Con el corazón agrietado
Ahogado en el olvido
De los edificios que rompen el horizonte
Tengo sed de agua fresca
De canto, de acción
Quiero descifrar ese murmullo que inunda las calles también agrietadas
Pertenezco a ninguna parte
No soy de las sombras, ni de los recuerdos
Ni del futuro, pero hacia allá voy
Con mi paracaídas abierto
Mirando a la cara a la gente
Que viene tan magullada como yo
Quizás con el corazón más agrietado que el mío
Pero ¿Cómo he de saberlo?
Los únicos que me hablan
Son los muros rabiosos de este Santiago podrido
Y los letreros inmensos que explotan agrietando la identidad
Son las bombas del terrorismo publicitario
Que han carcomido tantas vidas sin castigo alguno

Vengo de pasear por el suburbio interior
Por el secreto camino de la música
La reina de los errantes
La que llena los ojos del ciego
Y da forma a la voz del desgraciado
Haciéndola flecha con rumbo fijado
El murmullo de la calle sube en intensidad
¿Acaso son los músicos marchando?
Quisiera ir con ellos cantando bien alto
Se siente una pequeña vibración en la calle
¿Es el descontento?
¿Es una esperanza agrietándose?
¿Es una máquina triturando sueños?
No sé nada
Pero ¿Cómo he de saberlo?
Todos están gritando dispersos entre las sombras
Cada cual oculto en su propia grieta como una araña coja
Todos tejiendo impetuosamente
Pero nunca encontrándose
Quizás no se vean
Quizás no se quieran
Quizás no están ni ahí
El agua fresca está regada por todas las grietas de la ciudad
Sin un frasco que la contenga

Vengo de errar por Santiago
Pasé a comer porquerías
Vi tantas estrellas a punto de apagarse que temí por el futuro
Y me uní a ese coro de temor viejo, casi momificado
Pero constante
Que inunda las grietas negras de esta urbe sucia y endeble
En la vereda ínfima de este rincón del universo
La muerte se alinea con la autoridad
Formando una voz estertórea que retumba en las casas y oficinas
En los ojos y en la guata
En todas las grietas de esta ciudad colérica
Y se hace tan familiar como la noche y el día
Agrietando la memoria y el futuro
Levantando esa polvareda antigua
Que envuelve la letanía imperial del derrumbe estancado
Planificado
Orquestado y ejecutado por la pseudo-nobleza chilena y extranjera
Músicos de otro corte, abominables
Na' que ver conmigo

En mi errar por Santiago
Me enamoré de Violeta
Y la escucho en cada minuto
En las esquinas
En las estatuas
En las noticias
En los pasos anónimos de los que cantan en silencio
En las penas que agrietan mi corazón
Errando por Santiago he encontrado charcos de agua fresca
Y he bebido con pasión, inspirado
Continuaré mi procesión cantando en silencio
Sin olvidar quien soy ni mi lugar en esta calle estrecha
Todas las grietas derrumbarían la ciudad
Si la canción entonada fuera en la misma frecuencia
El temblor sacudiría las cabezas de los descabezados
Y caerían las fachadas de dos siglos
Sería la oportunidad precisa para reedificarnos el alma
Por eso canto en silencio
Será inevitable encontrarnos

jueves, 23 de septiembre de 2010

Soy un huinca avergonzado

Los fuegos artificiales
Se alistan en La Moneda
Todos miran a la estrella
Solitaria en la bandera
Con el pecho bien hinchado
Por el gran bicentenario
Mientras que las araucarias
En el sur están sangrando
Porque la voz del mapuche
La hacen callar con espanto
A la gente de la tierra
La silencian con espanto

Implantaron tantas cercas
En la historia de aval tuerto
Se trató de flojo, pobre
Mentiroso a un pueblo entero
Por no aceptar el mercado
Ni la autoridad de barro
Que utiliza espurias leyes
Para amordazar la lengua
Con que dialoga la tierra
Desde antes que la bandera
Que el viejo invasor hispano
De antes que la santa iglesia

Soy un huinca avergonzado
De tanto mal trato dado
Al mapuche arrinconado
Entre balas y juzgados
¿Y el lema que trae el escudo?
¿De qué mierda están hablando?
La razón fue secuestrada
Y a palos domesticada
En su fundo el empresario
Llama al primo en el senado
Van las fuerzas especiales
Y el mapuche: encarcelado

Soy un huinca avergonzado
Del silencio de la prensa
Que rellena con esmero
La rutina de las masas
Con personajes de paja
Con sesgados noticieros
Una amalgama de mierda
Que al consumo hace alabanza
Silenciando el sufrimiento
Que el mapuche al hombro carga
Así como tanta pena
De otros pueblos: La misma causa

La historia desfigurada
Relatada por los "dueños"
De las tierras expoliadas
Con la venia del gobierno
Nos cuentan un cuento falso
Omitiendo varias hojas
Se aplican capas y capas
De mentiras para negar
Que por más de 200 años
Sus derechos han violado
Que Por más de 200 años
Sus tierras han usurpado

martes, 14 de septiembre de 2010

El archipiélago de la resistencia

Quiero caminar en la dirección opuesta al viento,
Perderme de este olvido egoísta parido de la pena y la sangre de más de 200 años.
Hoy no veo luna, pero sé que está allí entre las lágrimas evaporadas.
Quisiera que me ayudara dios, pero nunca ha existido.
La noche es violenta y mis ojos son astros: Estrellas, gigantes rojas,
Enormes y distantes gigantes rojas que surcan el todo mientras mueren despacio,
Esparciendo sus palabras sobre la noche larga.
No estoy asustado, estoy decepcionado,
Abandonado en la historia sólo con mi mano virtuosa y ciega,
Al igual que tú, al igual que mis padres en su tiempo, al igual que ella en su reflexión nocturna.
Han sido destellos de luz los que nos han aturdido,
Los arcabuces, los Hawker Hunter.
La salvación llegó muerta bajo la cruz
Y sus restos pululan entre pedófilos y racistas.
La esperanza perdió la forma,
Su fuerza se escapa entre la atmósfera amarga de la política omnipresente.
Y nadie sabe que hacer.
Hay dispersas voluntades, temor a perder lo ajeno, oráculos en la televisión,
Hombres deshechos fumándose las heridas.
Es el archipiélago de la resistencia.
Yo siento un mundo colapsando en el corazón.
Quiero desnudarme y cortar mi piel con el viento.
Quiero extirparme de la cuidad por un instante y ser parte del arrebol.
Quiero regurgitar las monedas que acaparo por amenaza, placer u obligación.
Quiero liberarme de ser esclavo de la oscuridad sabiéndome hijo del sol,
Al igual que tú, al igual que ellos en el sur, al igual que ella con su mirada perdida en la negrura de la historia.
Para todos es más fácil, como arrimarse al fuego en el frío, cederle la mano en baile a la bestia
Y sentirse cobijado bajo su garra felpuda, suave, tricolor, (Yo lo hice)
Pero a la hora del zarpazo no basta con llorar,
Se puede pedir auxilio a la otra garra, la servicial, la con guante justo y democrático,
Y arremeter contra todos exigiendo el derecho a exigir,
Cobrando el derecho a cobrar,
Descabezando a los que haya que descabezar
Y ver caer a todos hasta que los huesos se levanten y se pulvericen decepcionados.
Es fácil exigirle al hombre que cumpla con su misión en el mercado.
Es obligación creerlo y defenderlo.
Yo no, gracias.
Prefiero salir a caminar de noche, lo más lento posible, al ritmo de Saturno,
Vagar por las calles desiertas y contemplarte seriamente, fruta envenenada.
Naceré pronto, pasado los 30.
Hoy me gesto en una canción o en este poema mal hecho.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Ayer vi una jauría

Ayer vi una jauría de perros atacando a un hombre.
Eran carabineros, todos con los rostros desfigurados por un odio irracional.
Adiestrados por lobotomía,
Golpeaban la herida abierta en la cara de mil muertos,
Al alero de la ley y del ministerio.
En cámara lenta hacían retroceder el tiempo.
En cámara lenta descubrían una pintura escondida por siglos
A los ojos morados de los transeúntes y telespectadores.

En los discursos no se dice que al evitar la liana oficial
Se despertará la hormona sanguinaria del Estado.
Más nos dicen que los hombres disconformes deben callar
Para no descoordinar el flamear parsimonioso de la bandera
Y así las catedrales monetarias foráneas nos den su bendición.

El mundo es una mentira y revelarla implica una pateadura en el suelo mojado de tanta sangre.

Me siento timado por las acrobacias y la pirotecnia de los medios.
Me siento nauseabundo por la audacia farandulera de los parlamentarios.
Me siento secuestrado por la guadaña financiera de los empresarios.
Me siento amenazado por la mente anulada de los fusileros
Que custodian la paz embalsamada.

Ayer vi una jauría de perros devorando a un hombre,
También vi un cementerio invisible y una palabra iluminada.
Vi un gran circo:
La gente defraudada avanzaba hacia el horizonte,
Mientras un infiltrado saboteaba las nubes.
¿Y así ha sido siempre?
El Sí resuena en los edificios, en el fondo de la tierra,
En el mar agónico y en el sur salvaje.
La risa de la gente se sostiene sobre un placebo comunicacional:
Cifras azules, triunfos morales, tetas bestiales... silencio sepulcral.

El mundo es una mentira que en cualquier momento estallará
Y quiero estar presente para verlo.
De ser posible punzar el globo y reventarlo yo mismo
Y huir de la jauría de perros que mandarán para matarme.

lunes, 6 de septiembre de 2010

De pronto...

De pronto, entre destellos de quietud, se me vino la pena
La risa se disolvió en largos pasajes de pensamientos
Todos opacos, tristes, como costras impalpables
Es una gran grieta en mi pecho la que drena mis energías
La vista nublada solo quiere ver
La ilusión de las estrellas
A través de los lagos inagotables y profundos del corazón

El sueño transita por la última ruta
En la principal van los tormentos sonámbulos
No me dejan solo, me comen la carne de a poco
Los miro a los ojos y los ignoro, cansado
El agua está tranquila, los peces mueren
Se pudren, se desintegran, se extinguen
El dolor es una llama pequeña, incolora
Constante, que quema el mundo entero

¿Y a quien culpar?
Solo yo soy el culpable
El idiota que apostó y perdió

Hoy maldigo mi nombre
Por avanzar conciente del desenlace quebrado
Por creer en la ficción
"No es para tanto" me dicen las bestias que habitan mi mente
Y tienen razón
Secuestraré a los organismos en simbiosis
Hasta que se encienda el horizonte otra vez
Y esperaré...

jueves, 19 de agosto de 2010

Viento, ven

Desde que era niño he llamado al viento. Lo llamo para que me auxilie, para que eleve mis sueños, para que desforme las nubes, para que sople mi cerebro, para que refresque el aire turbio de la ciudad.

Recuerdo una vez, sobre una torre de metal sentado, en un ritual infantil le decía susurrando: viento, ven; viento, ven. Depositaba yo mi pequeña fe en el viento como un cristiano en Jesús y esperaba sonriendo a que se llevara lo más lejos posible aquella bolsa con la que jugaba solo. Fue una tarde veraniega con cielos sangrantes y viento tibio en un peladero ahora sepultado por el tiempo. Me agrada ese recuerdo. Desde aquellos días el atardecer y el viento son mis compadres y me inunda con una especial nostalgia la hora en que las primeras estrellas se muestran y el viento aplaca las penas.

Recuerdo también un día de invierno antiguo en el que caminaba bajo la lluvia con el viento envolviéndome. Era frío. Iba yo a enfrentarme contra mis temores silenciosos, a hablar con ella y decirle que me gustaba. El viento me empujó aquella vez.

Últimamente no me ha obedecido y me ha traído solo rocas. Cuando el viento no me obedece asumo el minúsculo rol de la humanidad en el universo, aunque confieso que quisiera manipularlo y derribar aviones de guerra parado en una alta cumbre, o crear tornados y arrancar algunos zombies de la faz de la tierra. Son cosas de niños.

Desde hace un tiempo he permanecido cubierto con una manta dura y hecho de menos sentir en la cara la reveladora bofetada del viento, esa que hace renacer de entre los muertos y hace pensar sobre la escasa vida vivida. Tal vez el conformismo me ha derrotado, o tal vez inconscientemente espero a que el viento sople y se lleve dicha manta. No esperaré mucho.

Aunque todos lo nieguen el viento esparcirá mis restos por el desierto. Te lo aseguro.

viernes, 13 de agosto de 2010

Vientos duros

El tiempo ha traído vientos duros
Que han arrastrado y cubierto de roca el recuerdo de Ella,
La que deambula entre el cielo y la mierda
Sonriendo con su mascara de hojas frescas.
En el fondo de la tierra ha quedado sepultado su recuerdo.
Ni la minería lo ha extraído,
Ni el alcohol lo ha ahogado.
Ella persiste en los segundos como una quemadura,
Imitando sin saberlo a las atroces aves carroñeras
Que me hallaron muerto aquella noche sin astros.
Con las manos reventadas de tanto cavar,
Buscando aquel sentimiento que imperiosamente quiero extirpar,
Me cubro los ojos y me digo a mi mismo que en el atardecer está la respuesta:
Espera paciente,
Sonríe a la muerte.
Los minerales se transforman bajo la presión del tiempo
Y aquél recuerdo fosilizado se erosionará y se hará polvo disperso
Que el viento gélido del sur tragará y escupirá lejos hacia otro brazo en la galaxia.
Sin saberlo Ella está durmiendo,
Esperando el paso fortuito de alguna mítica bestia
Que fije su rumbo hacia el camino que Ella imagina y sueña
Mientras va tropezando en el secreto jardín nunca visto.
Ella espera danzando sobre mis restos sin saberlo,
Catatónica,
Morada.
Ahora que la piedra cubre nuestras miradas
Chocamos como planetas muertos,
Como rocas secas en el desierto universal.
Por los errores y temores infantiles pasamos casi invictos,
Si no fuera por que el tiempo trajo vientos duros, pétreos.
Mi espalda, llena de sedimentos, no aguantaba otro peñascazo.
El peso de sus pasos se hizo roca
Y mi espalda cedió, con el recuerdo de Ella adentro,
Y de derrumbe en derrumbe su recuerdo fue bajando al fondo de la tierra.
Se manifiesta como una pena telúrica aquel recuerdo inmortalizado en la sangre.
Miro hacia el fondo de la mina oscura de donde salieron los más bellos diamantes
Que iluminan mis días oscuros desde que era dinosaurio,
Y me agoto al ver que debo cavar mucho más
Para llegar a su recuerdo y extirparlo para sanarme,
Porque es una piedra oscura que inclina mis ojos hacia abajo, magnéticamente.
En este transito de piedra espero que la desilusión de hablar a camotazos
Se transforme en un río sonoro de colores claros y luminosos
Que se lleve en sus aguas la amargura de la tierra en la lengua y el corazón.
Espera paciente,
Sonríe a la muerte.
Así como la piedra ha sepultado su recuerdo,
La piedra también puede edificar templos fabulosos o lapidar seres taciturnos,
Depende del viento gélido del sur.
Cuando despierte será otra la canción entonada.
Cuando despierte ella será otro el costado asimétrico de sus ventanas.
Solo quiero que sea en paz.

lunes, 2 de agosto de 2010

Animales muertos

Estas rechinando

¿A donde te llevó el viento?
De tener alas no iría a donde vas
De ser como antes lo pensaría antes de callar
Ahora soy un mutante extraño curtido en el territorio antártico
Mi sangre se hizo fósil
Piedra antigua en la memoria de los astros

Las flores solo son amarillas para quien lo ve en su corazón
Para el resto son negras
Formas errantes en el tiempo
Desenlace de dilemas reales, incomprendidos, pero reales
No como ese menjunje que pones al sueño que nunca tuviste

Estas crujiendo

El día es nuboso y trae recuerdos momificados
Palabras olvidadas en una tumba cavada hace tiempo
Abierta y remota, sangrante, hedionda
Oculta del acontecer noticioso

Tus secuaces me invitan a huir
La razón a empuñar una daga
¿Qué razón es esta que me incita a matar la eternidad
Que es consuelo de las ricas frutas sagradas?

Con el sol como paraguas desafío al corazón
Y rezo para que la fauna lo limpie
Antes del derrumbe anunciado
Oye, son años de entrenamiento para caer de cabeza
Lo he estado pensando tan profundamente
Que me he dormido

Estas bostezando

El camino está lleno de curvas siniestras
Parábolas interpretadas por los halcones
Las estrellas, los tiburones
Me despreocupo, total he practicado mil golpes
Contra la sombra del pasado
Y cuando venga el momento le asentaré uno mortal

¿En qué me he convertido? ¿Mutante extraño?
No soy más que un humano convencional
Tratando de disfrazarme con el viento en contra
Tratando de ocultar mis heridas con arena y sal
Los animales muertos perdurarán en la memoria de los realmente interesados
El resto es basura

De la médula del asunto florecerá una muralla
Es una arriesgada predicción, pero apuesto mis sueños a que así será
Ya tenemos el ceño fruncido, solo nos queda pelear con ganas
Contra el que nos dice contra quien pelear

Estas muriendo

Es un espejismo en el bolsillo
El que te llena los cachetes de miel
El amor es plasma encendido
En las manos de primates condecorados
Me pregunto una pregunta hecha
Cuya respuesta no me satisface
Por eso la busco en la punta de una estrella
En los puntos cardinales de una flor negra

Cada paralelo transita mi frente
Cada constelación es un sueño que tuve bajo ella
Cada pena de amor es un cetáceo agonizante
Cada arpón en su lomo es un genocidio
Cada costra sacada es un plato recién servido
Cada resaca es una extinción masiva
Cada chuchada es una escalera
Cada orgasmo es un universo colapsando
Cada contracción del post-parto es un estertor planetario
Cada gota de lluvia es un secreto
Cada aleteo es un intento de fuga
Cada corazón es inminente epicentro
Cada sorbo es una idea malformada
Cada sonrisa es un choque de camiones
Cada frase es un plagio de un dios plagiador
Cada letra un átomo nacido del sol
Cada minuto es cercanía a la muerte
Cada pensamiento es un olvido patente
Cada beso es tiempo detenido
Deformando el espacio alrededor

Estas llorando

Todo se aleja corroborando el big-bang
Te alejas
Me alejo
Me alojo con los oídos tapados en la última nube del atardecer
Que se aleja impulsada por desconocidas convicciones
Los animales muertos perdurarán en la memoria de los realmente interesados
El resto es basura

Un suspiro es un flujo constante de momentos
Dentro de formas que yerran por el tiempo
Entre suspiro y suspiro puede morir el sol

jueves, 22 de julio de 2010

Gol de Beausejour

Miro por la ventana y una inmensa esfera de hidrógeno incandesciente de más de 5.000 millones de años de edad calienta a fuego lento la eufórica mueca de la gente, que desparramada sobre la aceitosa homilía que fluye desde el monte de la hipocresía dirigencial grita los goles que el alma maltraída necesita.

Grande Beausejour.

(Hecho pa la fecha del mundial)

lunes, 19 de julio de 2010

Negaciones




Merezco un impacto planetario en el ego. Merezco esa corona de espinas que constriñó mi cerebro por tantos finales y me acompañó en tantos olvidos. No debí haber bebido de ese modo, como un agujero negro sumergido en un mar embravecido. No debí comer de la soberbia deshilachada de la sociedad ni debí dormir en la falda irracional y humedecida. La culpa por los sablazos sobre la tierra es un látigo de piel humana, mi piel, torturando mis minutos compactados en una resaca infernal.

No tengo negaciones en los bolsillos, solo puedo afirmar que estoy loco y que mis movimientos son los de un animal que trató de hacer lo posible por razonar y lo consiguió. Debí haber sucumbido al himno patrio, pero me volví loco antes de haberme puesto de pie. ¡Maldito el día en que aprendí lo que sé! ¡Maldito el día en que la cordura cambió de sabor!

Un amigo me dijo un día que llevaba consigo una brújula en una mano y en la otra un vaso. Yo me siento como una estatua de piedra de una deidad hindú con 8 brazos y en cada mano llevo un papel. Uno de ellos es una cuenta, otro un dibujo que me regalaron, otro un mapa de otra parte y el resto son canciones incompletas. En ninguno dice algún nombre.

No hay nadie. La ventana ha quedado abierta por mucho rato y el viento en vez de llevarse el polvo ha hecho que la sangre fluya densa y fría, lenta, como un sueño muerto contado en una canción secreta. En ninguna dice algún nombre.

No hay nadie. Extraño lo extraño de extrañar.

lunes, 14 de junio de 2010

La banda que no existía

Hace tiempo hubo una banda que no existía. Sus músicos derramaban chorros de sangre por los dedos y sus compases resonaban en el universo entero, pero no existían. Su canción empezó hace tiempo y aún no ha terminado. De su eco nacieron bocas y soles, penas y amores. Con la nostalgia de lo no vivido la escucho en el atardecer, en la lluvia de la mañana, en los ojos de mis hijos y siento como si la fuera a descifrar, pero cuando eso suceda ya no existiré. Tengo la certeza de que cantaré entre ellos.

jueves, 20 de mayo de 2010

En el bar

La muerte se ausenta, es hora de brindar
Por el hermano errante que vaga
De amanecer en amanecer

Sólo por juntarnos en este oscuro bar
A sabbatizar tras rauda fuga
Del dios que nos fuerzan a creer

La nebulosa estalla a cada instante
Y son ríos los que a través de mi pasan
Embrujado por la música perfecta

En un ritual pagano y exultante
Las musas suelen juntarse y te acarician
Cuando has regresado de guerra cruenta

Son los mismos ojos bajo la misma estrella
Pálida como las esperanzas
Como el halo de una banda mística

Son las mismas caras tras la misma batalla
Uniformadas con mil blasfemias
Contra las instituciones cínicas

En el valle de los difuntos de cristal
Donde las cenizas forman un vórtice
Se juntan las manos a reformar el mundo

Enlutado con tanto político anormal
Y care'raja que no sabe un ápice
De la necesidad del corazón iracundo

Los dioses muertos desfilan de riff en riff
En una inacabable canción orgásmica
Entonada en una jaula de alcohol

Los dioses muertos resucitan de riff en riff
Para pasearse en una serpiente cósmica
Por las raíces del primer rocanrol

Y a sabiendas de lo inútil de mis tragos
Prefiero morir en un bar perdido
Que tragar la norma en silencio

La euforia se la traspaso a mis amigos
Y el mundo es mejor. Retumba el sonido
Del rocanrol en el espacio

Las palabras no tienen sentido
No importa, el patrón seguirá desterrado
De este juego

La mesa es un continente unido
Y cada conchesumare a ella arrimado
Es mi amigo

La madrugada se empina como una botella
Vacía en manos de un viejo sediento
La razón aún duerme

Se desatan los puños por culpa de aquella
Que muestra sin querer un sentimiento
En su corazón inerme

Y una historia bizarra se entrelaza fuerte
Se entrelaza con metal y roca
Ante los ojos de los dioses ebrios

Cuando el río desborda ya es hora de muerte
Maldiciones eructa la boca
Y el ambiente se revuelve sombrío

Pero todo da exactamente igual
La media noche pasó hace siglos
Y se aproxima la siguiente

La turba volverá al mismo lugar
Sostendrá los mismos hilos
Y renacerá en el horizonte

martes, 18 de mayo de 2010

Frío círculo de espinas

¿Se puede sobrevivir al rayo dos veces? Tal vez si se usan los caminos subterráneos.

¿Se puede evitar el derrumbe de la montaña? No. Lo mejor es alejarse unos años luz de la muerte.

Se repiten las imágenes, las heridas, los paisajes, las canciones, el bar perdido, la cara oscura, la sombra lacerante del ayer magullado.

Al parecer en el camino he caído a un borde cóncavo, he girado y no lo he notado y he caído de pie en la parte más trágica de la historia, donde la calle olía a fuga, donde los temores esperaban en los ojos hinchados, donde los fantasmas se volvían comediantes sanguinarios y la sangre... la sangre no coagulaba.

Me he de beneficiar de los errores de la naturaleza, de la fragilidad de los recuerdos, de la fortaleza intrínseca de los derrotados, que adquieren aire de donde otros mueren.

¿Se puede desnadar el río?

No funciona escarbar en universos paralelos, solo sirve petrificarse al sol lento de mayo.

Si lo hubiera sabido antes...

martes, 11 de mayo de 2010

Charlas sobre los astros

Me encontré con Miguel en la Alameda con Cienfuegos. Tanto tiempo, le dije, me quité los lentes de sol que traía y nos abrazamos como hermanos. Hace más de diez años que no nos veíamos, por lo que teníamos mucho que decirnos. Preguntamos por nuestras familias, por nuestras ocupaciones, qué habíamos hecho en estos diez años. Te invito a unas cervezas, le dije, para recordar los viejos tiempos, No puedo, me respondió, Me espera mi señora en la casa, hoy van unos amigos, pero vamos, te invito. Cuando éramos niños teníamos intereses distintos al de los otros niños. Mientras en el pasaje los niños jugaban a la pelota, nosotros coleccionábamos insectos. Mientras los demás niños coleccionaban el álbum de la selección chilena o el de los dibujos animados de moda, nosotros juntábamos el del espacio exterior, o el de los dinosaurios, que ha sido el único álbum que he completado en mi vida. Éramos "yuntas". Nos juntábamos a mirar hormigas o granos de azúcar por un microscopio que mi abuelo me había regalado. Él tenía un telescopio y observábamos la luna, pero solo hasta las nueve, que era cuando mi madre me salía a buscar. Debimos haber sido científicos, pero en las calles se perdió nuestra curiosidad. Crecimos. Nos olvidamos de disecar aves muertas y nos dedicamos a carretear. Él se cambió de casa y no lo volví a ver, hasta ahora. No dudé en aceptar su invitación, pues a nadie debía rendir cuentas.

Tomamos el metro hasta su casa en Puente Alto y llegamos a las 8:45. Era una casa de un piso donde vivía con su señora y su hijo de siete años. Era angosta, de unos cinco metros, pero hacia adentro era espaciosa y acogedora. Estaba incrustada entre dos casas similares, arregladas ambas de un pésimo gusto. En el patio de atrás se encontraba su señora con una amiga fumando, sentadas alrededor de una mesa llena de botellas de bebidas y de cervezas, además de platos y servicios. Alrededor de una parrilla había tres tipos, cada uno con un vaso de cerveza en la mano. Custodiaban la carne que se asaba lentamente. Me saludaron amablemente. Me sirvieron un vaso y comenzamos a conversar. Es grato conversar con alguien a quien conoces bien y consideras un amigo, a pesar de la distancia temporal y física que impide reunirse más seguido. Comí poco. Nos reímos mucho recordando la ocasión cuando abrimos el televisor a tubos que su madre guardaba como un tesoro en un ropero. Cómo nos gritaba chuchadas esa señora, dijo Miguel, entre las risotadas de todos los presentes. A partir de las 11:00 de la noche se empezaron a retirar los invitados, y a las 11:30 solo quedaban los dueños de casa y yo. La esposa de Miguel se fue a dormir y nos quedamos vaciando una botella de ron, pero aún quedaban más. Él aún conservaba el telescopio que usábamos cuando niños, y casi obligándolo le pedí que lo trajera. Lo montamos sobre la mesa y comenzamos a observar la luna. Con el tiempo habíamos adquirido nuevos conocimientos respecto al espacio. Ubicamos un cúmulo globular que hay en dirección a la cruz del sur. Distinguimos la estrella doble que es Alfa-Centauri, que el ron hacía ver cuádruple. Nos reímos de eso. Vimos algunas nebulosas, los anillos de Saturno, todo visible a pesar de la gran luna llena que subía despacio. Era una muy agradable velada con un amigo que no veía hace tiempo. De pronto dijo: Me dio sueño, me voy a acostar antes de que me huevee mi señora. Acomódate donde puedas, agregó, mientras yo, un poco extrañado por la repentina decisión de mi compadre, llenaba mi vaso con la más mínima intención de dormir. No te preocupes, luego entraré, le dije, Seguiré usando el telescopio.

Un poco disgustado empecé a observar la luna. Estaba llena y se aprontaba a pasar sobre mí. En Puente Alto a las 3:00 de la mañana, pensaba, me es imposible irme a mi casa, y queda media botella de ron. Mejor me quedo acá, me tomo el ron y me voy mañana. Esa fue mi conclusión. Quise tirarme en el pasto a observar la luna, pero estaba un poco húmedo. Quise acostarme sobre la mesa, pero al intentar subirme puse mis ojos en el techo de la casa. La casa era baja, por lo que dando un salto sobre la pandereta lateral llegaría en un segundo. Entonces noté que la casa del lado tenía un cobertizo al que era más fácil llegar desde la mesa. Con un pie apoyado en la pandereta comencé a tantear el cobertizo. Era fuerte, con pilares de cemento y con tejas de arcilla sobre una estructura de madera. Sin duda aguantaría mi peso. Me dispuse a subir con la botella de ron en mi mano. Estaba ya bastante ebrio, no lo voy a negar, pero aún así logré hacer el menor ruido posible y me tendí con una mano atrás de mi cabeza a ver el cielo. En la otra tenía la botella. El viento estaba un poco frío, pero yo vestía mi polerón gris con gorro, así que me cubrí la cabeza y puse la botella sobre un ladrillo que no entiendo por qué estaba allí. La luna era impresionante. Daba la impresión de que estaba justo sobre mí y empecé a pensar en la fuerza que ejerce sobre la tierra, en las mareas, en los comportamientos de los animales.

De pronto se escuchó un ruido. Alguien había salido al patio. Escuché oculto en el techo del cobertizo a dos personas conversando. Escúchame Isabel, esto te hará de los más bien, decía una de las voces. Me da vergüenza Irma, dijo la otra voz. Nadie te está viendo huevona. Anda, pone esta silla de playa y acuéstate. Se escuchaban como dos mujeres viejas. Comencé a sentarme lentamente para ver de a poco. Tenía los músculos tensos, si me descubrían metería en un gran problema a mi amigo, y darle problemas después de diez años era muy injusto. Primero vi los pies de las dos viejas que estaban acostadas. No me habían visto, por lo que seguí intentando ver, pero no debí haberlo hecho, pues las viejas estaban en pelotas. Los rayos de la luna llena tranquilizan, dijo una. Que espectáculo más grotesco, pensé, En el lío que me he metido. Lentamente comencé a acostarme nuevamente para esperar a que se retiraran. Me dio frío Irma, quiero taparme, comentó una de las viejas. Quédate así, si no esto no tiene efecto, escúchame Isa, los baños de luna llena son muy apropiados para potenciar nuestra conexión con la energía yin, continuó hablando la otra vieja. Mira la tremenda luna oye, Con este baño vas a quedar equilibrada, conversaban las viejas. Puras esoterías, pensé. Estas viejas juran que la luna las influye. Mira, justo ahora la luna va pasando por la casa de... No alcancé a escuchar, me dio una risa incontenible. Pobres viejas picadas a bruja que toman rayos de luna, en su ignorancia se dejan llevar por la creencia fácil en desmedro de la investigación científica, tragando cualquier basura que se les presente. Al parecer no escucharon mi risa, porque siguieron hablando acerca de la influencia de los astros. Eso es bueno en esta fecha porque da ganancias, dijo la que más dominaba el tema, Aunque hay alguna probabilidad de que no tanta. Habla más bajo, dijo la otra, Nos van a ver, ¿Y quién nos va a ver a esta hora? Además a ningún marciano le interesa verte el poto… Jijiji, re rió la vieja. Me parecían de lo más graciosas estas viejecitas y se me ocurrió jugarles una buena broma. Sus últimas palabras me dieron la idea. Me puse el gorro del polerón hasta la pera y encima puse los lentes oscuros, que guardaba en el bolsillo. Saqué mi celular del bolsillo del pantalón, lo conservé en mi mano y lo cubrí con la manga del polerón. Intenté hacer ruidos con la boca cerrada para que dieran la impresión de alguien amordazado. De pronto una de las viejas dijo: Irma, hay alguien allá arriba. Tienes razón, vieja, me dije pensando en los astros distantes, Hay alguien allá arriba. Me comencé a poner de pie, calculando la distancia del el borde para no caerme. No veía absolutamente nada, pero el silencio me indicaba que las viejas me habían visto. Me imaginé lo que las pobres ancianas veían en ese momento: un ser gris con ojos negros y grandes envuelto en la luz de la luna. Me pareció una escena espeluznante. Escuché la respiración agitada de una de las viejas, que al parecer estaban inmóviles. Extendí un brazo lentamente y presioné los botones del celular, pues supuse que la luz se trasluciría por la tela del polerón. De pronto las viejas comenzaron a gritar. Ahhhh!!! Los marcianos, corre huevona, corre. AAAAhhh!!! Se escuchó la puerta cerrarse de un portazo. Me quité los lentes y bajé del cobertizo lo más rápido que pude sin olvidarme de la botella de ron que aún no terminaba. Entré silenciosamente a la casa de mi amigo y me tendí a oscuras en un sillón intentando no reírme fuerte. No vi la reacción de las viejas, pero les di un gran susto, no hay duda de eso.

jueves, 22 de abril de 2010

Antüdëngun

Loco impredecible, Omnipresente,
Indiferente a la pena del mundo.
¿Cuántos dioses has quemado en tus sueños?
Secreto intangible, fundador de verbos,

Abres los brazos y caen edificios.
Nos llamas y nos dejas vagando ebrios
De luz poderosa, maná del cielo.
Silbando ametrallas el caos del suelo

Donde danzamos como invidentes
Sobre el piano de los sentidos vivos
Esta noche completamente negra
Donde no alcanzas a ver a tus moscas:

Pequeñas, ruidosamente pequeñas;
Vibrantes, peligrosamente vibrantes;
Dementes, adecuadamente dementes;
Frágiles, conmovedoramente frágiles;

Ataviadas con vestidos livianos
Que de antiguos guardan bichos y musgo.
¿No lo sabes? Eres padre del mundo
Y nadie entiende donde estas oculto.

Deberíamos interesarnos siempre:
Antes de dormir en la inmensa muerte,
Antes de abrigarnos de tu caricia
Esquiva en la oscuridad del ego.

Tus ojos en llamas ven a lo lejos
A tus hermanos dispersos por la noche.
En tu recuerdo la cuna colapsa
Y la sangre es la tierra desmembrada.

Tus ojos son los más grandiosos ojos
Para ver la negrura de la vida
Y aunque la luna espere desvestida
No hará variar tu baile caprichoso.

Nos baña tu indiferencia antigua
Que da frutos atravez de los eones,
Pero alguno de estos días de carbón
Tu beso cruel desenvainará la hoz

Y moriremos sin verte a los ojos,
Sin haber bailado en la esfera inmensa,
Sin haber visto la selva de plasma,
Sin cruzar la línea que diste al nacer.

Tus padres están diseminados entre todos,
Mis nietos serán los ojos de tus hijos,
El viento será un secreto en el olvido,
Los muertos revivirán, pero no hoy.

El dilema de tus montes trémulos
Debería ser la cuestión a pensar,
No la viuda demente que pasea
De piernas abiertas por la atmósfera.

Algún día reirás desaforado
Donde no hay suelo ni sombras que salvar,
Entonces será el final, o el principio.
Habrá que usar bien este don trágico.

Te han estado observando en secreto
Unos insectos pequeños como arroz:
Los ojos entrecerrados: te vieron,
Y tu cara sangrienta han ignorado.

Y henos aquí, embrutecidos,
Soñando con la luz visible,
Perdiendo la vista al momento
En que nos despierta tu ritmo punzante,

Aparente,
Hipnótico,
Desquiciante,
Inevitable.

Regidos por tu mando perpetuo,
Intentando descifrarte en la agonía,
Deberíamos adorarte siempre
Y recibir tu beso con hombría.

martes, 20 de abril de 2010

La maldición de Buda

Como un moderno Buda un ensimismado hombre gordo posaba la mirada en el infinito desvariando sobre la vida y la muerte. Era temprano. Estaba bajo un árbol sin hojas sentado en un bloque de cemento que, empequeñecido a la sombra de su ocupante, parecía crujir asustado. La mañana era tibia y nubosa. A lo lejos vio algo que concentró toda su atención. Frunció el ceño y puso su mano como visera para controlar la luz reflejada por las nubes, mientras entrecerraba sus ojos para distinguir mejor. Y en efecto, era lo que esperaba. Se levantó despacio y se dispuso a avanzar entre la gente. Cargó en su espalda una gran mochila y con dificultad comenzó a trotar, moviendo con gran esfuerzo sus 160 kilos de peso, que más los de la mochila y los de sus vicios hacían que su esfuerzo se viera sobrecogedor. El sudor comenzó a manar de inmediato de su frente como si hubiera una cañería rota bajo su pelo. El hombre se dio cuenta de que su esfuerzo sería en vano e intentó apresurar el paso. Sus carnes sueltas se coordinaron con el movimiento de sus brazos y piernas, lo que parecía darle un impulso extra, pero no era suficiente. Comenzó a agitar sus brazos y a gritar. Hey, espera, decía, esperando ser escuchado entre la multitud, pero fue inútil. Micro y la conchesumadre, dijo con el poco aire que le quedaba. Apoyó sus manos en sus rodillas y dejó caer la gran mochila dando un suspiro de desazón. Lo mejor era volver a meditar bajo el árbol sin hojas.

martes, 13 de abril de 2010

Pensado en un minuto

Nube silenciosa, has entrado a la ciudad por sus abarrotadas calles bloqueando al sol con tu manto imperturbable. Nadie te vió, el que lo hizo silencio guardó y el que lo iba a decir cayó silenciado por la mirada de fuego de los edificios. Pareciera que viertes agua en la cara arruinada de los ángeles de piedra, que agradecidos te entregan sus ojos cada noche que las hienas lo permiten. Pareciera, pero no es así, pues te he visto asesinar a los dormidos en las esquinas vidriosas, ahogándolos con la saliva de los héroes de luz y plástico, saliva amarilla, agria, paralela a las costillas de la progenitora decadente de las noches que fueron y las noches que, si sobrevivimos, serán. Tu nombre es elástico, anagrama de nudos ciegos. De una esquina desprendida te arrancaría de éste mundo, pero te hemos clavado al piso como a un Cristo en el horizonte. Desgracia de los valles y los ríos, elixir de los zombies, de la cola te arrancaría de éste mundo, pero no puedo, porque desprendida y temblorosa, como la de una lagartija, haría marchar bailando a los muertos al abismo. Tu saliva aceita mis dedos para que jalen el gatillo. Es la bomba que debo desactivar. Nube silenciosa, si no te veo a los ojos moriré sin saberlo y caminaré muerto entre los muertos. Es necesario decirles que sus ojos son moneda de cambio, que sus hijos caerán despellejados por una causa pueril. Nube silenciosa, amasijo de dragones invisibles, tu forma se ha vuelto el estandarte de la victoria de una guerra ridícula, pero que existe y se alimenta en silencio de la sangre que no se ve. Pueblos fantasmas veo en las pupilas secas que, sin notarlo y convencidas de que la línea es recta, quizás en nombre de un dios celeste, quizás por el secuestro de algún ser amado, han perdido el brillo por caminar a ciegas en las calles de aire. La palabra con sentido se ha vuelto un aro de agua incontenible y su lectura depende de cuantos soles hayas mirado. Un estandarte de hielo flamea en el horizonte y abajo un lema insípido nos invita a no hacer nada. La saliva cubre las calles por donde debería huir. Nube silenciosa, has entrado a la ciudad cuando no había cimientos y cada hebra de tu manto es una arteria de un bosque sintético. Parado en la esquina veo florecer y morir los siglos bajo tu sombra, donde mis abuelos sudaron y eligieron callados, donde mis padres se adentraron en la neblina matutina de tu presencia y yo, despreciando tus caricias de plástico, me atormento de elegir a ciegas, de no ver en tus entrañas negras, de no intentar arrancarte de éste mundo, de callar tu masacre colorida y bulliciosa que da pan por sangre y circo por ojos. Tus flujos de vientos pueden condenarte, tal como mis pasos inermes entre tu niebla cálida. Estás agrietada, pues lo he visto. No dependes de mi como yo de ti, de un manojo de muertos podrás elegir mil, pero mi dependencia es un nudo que aprendo a desatar en silencio. Nube silenciosa, entidad sin contorno que atormentas disimuladamente los sueños guardados en tus edificios, tu silencio triza los relojes y los cantaros antiguos, tu niebla avanza entre los discursos más prometedores del océano entero. Pareciera que inundarás mi agonía, pero no es así. En susurros despejamos el camino y en secreto te soplamos al oído. No importa tu disfraz de ángel.

lunes, 5 de abril de 2010

Dinosaurios en el banco

El calor hace que el tiempo avance más lento, quizás hasta que retroceda. Da la impresión de que personas en la fila piensan todas en lo mismo, pues todas miran como siguiendo a una mosca mientras se echan viento con una hoja de papel y luego suspiran, como si la mosca no fuera lo que creyeron que era. La fila avanza lento, son pocas personas, pero solo una caja para atenderlos a todos. A un costado de la fila una mujer lee una revista sentada esperando a ser llamada para firmar algunos documentos, mientras su hijo de cinco años salta por el lugar. El niño juega con los separadores de fila, los cambia de posición, hace laberintos, los deshace y ríe, se va tarareando algo, se divierte en medio de la formalidad de esa institución financiera. Hola, le dice al guardia de celeste oscuro, ¿Es esa una pistola? pregunta con ingenuidad. Así es pequeño, es para asustar a los ladrones, responde el guardia sonriéndole, y el niño se aleja como si aquella respuesta no lo hubiera satisfecho, pero continúa jugando y tarareando. No te alejes, le grita su madre sin despegar la vista de la revista. Al otro lado de la sala el niño de rodillas estudia una planta plástica. La gente de la fila lo ve y esboza sonrisas momentáneas, como si recordaran su infancia por algunos escasos segundos y luego continúan en su caza de moscas, esperando que la fila avance, a veces quejándose en voz alta, como si el calor se pasara quejándose. ¿Cómo te llamas? le pregunta el niño al último hombre de la fila. Juan, responde serio. El niño lo mira con curiosidad. ¿Qué te pasa?. A mi nada, ¿Por qué? dice el hombre. Es que pareces incomodo. Ah, es que soy un dinosaurio, le dice el hombre a su pequeño entrevistador. Luego de un silencio el niño replica entre risitas, No te creo. En serio, ¿quieres ver?, dice el hombre, a lo que el niño responde entusiasmado, Ya. Juan miró a los lados para verificar que nadie más lo veía e infló sus cachetes lo más que pudo, tiritó un poco y se puso de color rojo. En un segundo su cuerpo se hizo enorme, rasgando sus ropas. Sus manos tocaron el piso y de su espalda salieron violentamente varias placas amarillas, mientras continuaba creciendo en tamaño. Su cabeza se estiró, haciendo desaparecer sus rasgos humanos, una enorme cola con cuatro púas asomó enredada entre los separadores. Toda la transformación sucedió en cinco segundos. El extraño Juan era ahora un enorme y precioso estegosaurio rojo de placas amarillas, el cual miró hacia las cajas, se sacudió como un perro mojado y se fue contra la mampara de ingreso del banco, rompiéndola en mil pedazos y perdiéndose en la avenida con los separadores enredados en las púas de la cola. ¡Mamá!, ¡mamá! ¿Viste el estegosaurio? gritó el pequeño mientras corría hacia su madre. Si mi niño, si lo vi, pero no me grites, dijo ella mientras ojeaba otra revista. Su madre no compartiría con él su entusiasmo. El niño no sabía con quién comentar lo vivido. Caballero, ¿vio el estegosaurio rojo?, le dijo al guardia. No lo vi, pero cuando lo vea lo atrapamos, le respondió moviendo los brazos como si le ardieran las axilas, quizás imitando los movimientos de algún dibujo animado, a Popeye quizás, quién sabe, pero con la clara intención de agradar a quien en primera instancia lo había ignorado, como nuevamente sucedió, pues el pequeño se fue sin mostrar mayor interés en las gracias del guardia. Desde la fila un viejo de sombrero y bigotes llamó al niño con un silbido. Yo lo vi, le dice susurrando, a lo que el niño pregunta con los ojos bien abiertos, ¿Que viste?, Un dinosaurio, le replica el viejo, ¿Qué dinosaurio?, continúa el niño, Un Stegosaurus armatus, le dijo el viejo. ¿Qué? dijo el niño confundido. El viejo dijo, El mismo estegosaurio que tú viste, ¿y sabes por qué se fue?, Ehh, ¿Porque hace calor? dijo el niño, No, se fue porque me vio y yo lo andaba buscando, yo soy un Allosaurio, dijo el viejo guiñando un ojo. El pequeño no respondió. ¿No conoces al Allosaurio? preguntó el viejo. No, dijo el niño. ¿Quieres ver? siguió el viejo. ¿Se va a comer al estegosaurio? preguntó el niño un poco inquieto. Pues a eso vine, dijo el viejo esperando la venia del pequeño. Entonces no, le dijo al viejo y se fue tarareando a revolver los volantes de créditos hipotecarios de un mostrador.

jueves, 1 de abril de 2010

El duende de los secretos

Cuando Nidia era pequeña supo cosas que no debió saber. Supo cómo había muerto su querido perro Duque y supo quién fue su asesino, su mismo padre, que en estado de ebriedad y por accidente una noche pisó la cola del animal, el que en defensa propia intentó morderlo, pero el hombre, privado de razón por el vino, lo mató de un palazo en la nuca para luego enterrar el cadáver en el bosque y decirle a su hija que el perro se había perdido siguiendo unas aves. ¿Cómo lo supo la pequeña Nidia si aquella noche de niebla no hubo testigos de la acción criminal de su padre? Se lo contó el duende de los secretos. Supo también quién robó el revólver que su padre usaba para amedrentar a su madre y a los enemigos que hacía en sus juergas por el pueblo. El arma que fue usada en el asesinato de la vieja señora Celia. Fue un drogadicto de la zona que quiso conseguir pasta base en la plaza pública a cambio de algo que intentó arrebatarle a la pobre vieja causándole la muerte en el acto, pues en la angustia no pudo evitar el disparo. Robó el arma una tarde en la que no había nadie en la casa. ¿Cómo lo supo la pequeña Nidia si nadie vio nada? Se lo contó el duende de los secretos.

Así fue juntando secretos la pequeña, pero los guardaba celosamente, nunca insinuó saber algo, sólo andaba por las calles con sus oscuros ojos fijos mirando a los transeúntes, acusándolos con la mirada, sabiendo sus más ocultas perversiones. Ella supo de cosas que nunca debió saber y que nunca quiso saber. Cuando volvía del colegio se sentaba toda la tarde en una banca detrás de su casa a ver el bosque bailar al ritmo del viento y los pájaros pasar intermitentes entre los árboles. Así era hasta que oscurecía, entonces la ampolleta del patio iluminaba pobremente algunos árboles, entre ellos un roído coigüe con una gran abertura al medio. Daba la impresión de una profunda caverna que se adentraba en el árbol y llevaba hacia lugares desconocidos. La pequeña esperaba paciente, mirando fijamente la abertura hasta que sucedía. Una minúscula cara de viejo se alzaba despacio desde la grieta del árbol. Era sólo la cara. Tenía unos ojos anormalmente grandes y de expresión cansada, su barba cenicienta y mejillas rechonchas le daban una pizca de la apariencia clásica de los duendes de los cuentos de hadas, sin embargo, su boca triste sin labios y sus enormes orejas le hacían parecer la gárgola de una vieja iglesia. Nidia se acercaba hasta la abertura atraída por un murmullo indescifrable que quería descifrar, entonces inclinaba su oreja izquierda y escuchaba lo que el duende le iba a decir. Supo de muertes, de robos, de traiciones, cosas incomprensibles e incompatibles con la vida de una niña de siete años, y así fue hasta la repentina muerte de su padre. Durante los días posteriores al fallecimiento la niña permaneció encerrada en su pieza, pues no se atrevía a ir al patio porque temía averiguar cosas a cerca de la muerte de su padre. Cuando quiso hacerlo ya era tarde. Su madre decidió tomar sus pocas cosas y marcharse a vivir a la capital a casa de unos parientes.

El aire sucio de la capital hizo bien a Nidia. Irónico resulta, pues reemplazar los oscuros secretos revelados por el pequeño ser del coigüe agrietado por la televisión y los videojuegos era como curar una herida haciéndose otra, pero mezclarse con otros niños y gastar la tarde jugando era más adecuado para su edad. Y Nadia creció en un ambiente normal, iba al colegio con sus primos y compartía pieza con una de ellas. A los dieciséis años abandonó el colegio para dedicarse a cuidar una anciana, contratada por los hijos de esta para auxiliarla en la vida diaria. Hacía el almuerzo, hacía las piezas, alimentaba al gato, una rutina completamente normal. En sus ratos libres veía la teleserie y luego las noticias. La anciana era regularmente visitada por sus hijos, pero por lo general estaba sola ella y Nidia.

Una mañana mientras ordenaba una pieza en el segundo piso encontró el embase de una fragancia que conocía por un comercial de televisión. Destapó la botella y echó unas gotas en su muñeca, olió con los ojos cerrados y la quiso con toda su alma, pero costaba la mitad de su sueldo esta botellita y con desazón la volvió a guardar. No lo pensó mucho, pues no era de sus virtudes el pensar las cosas, la tomó y la guardó en su bolsillo, total, la abuela no lo notaría, se dijo. Acomodó las cosas y salió de la pieza con media sonrisa en su rostro. Cuando llegó a la escalera se encontró de golpe con la vieja que venía saliendo del baño ayudada de muletas. Ambas se asustaron por el encuentro y se miraron con estupor sin decir palabra, pero Nidia vio en quien tenía al frente una mirada que la incriminaba, sabía de su delito y le diría a los patrones, que eran los hijos de la vieja. Otra vez sin pensarlo se abalanzó sobre la anciana diciéndole, No digai na' vieja e' mierda, mientras daba manotazos desmedidos. Heidi, que era el nombre de la anciana, cayó por la escalera luego de que Nidia la empujara y murió en el lugar. Despeinada aún, Nidia salió de la casa y tomó un taxi hasta el terminal de buses, compró un pasaje hacía su pueblo de origen y se embarcó de inmediato. Al llegar, a mediodía, caminó rápido hacia su antigua casa al interior del bosque, la que se encontraba en absoluto abandono. Entró y comenzó a buscar un hacha, herramienta que recordaba haber visto usar a su padre y que su madre había dejado para no recordar las amenazas de las que fue víctima. Cuando la encontró se fue contra el viejo coigüe agrietado y de forma desesperada empezó a cortarlo. No digai na' enano maldito, decía entre dientes mientras cortaba, hasta que el árbol cedió. Cayó hacia el bosque. El estruendo espantó a decenas de aves del lugar. Volvió de inmediato a la capital para dar alerta a sus patrones de que la vieja había tenido un accidente mortal cuando ella andaba de compras, pero en el terminal de buses la esperaba carabineros. Fue enjuiciada y encarcelada. Supo que una nieta de la anciana fue la que llegó a la casa y descubrió el cuerpo con la cabeza rota. ¿Cómo lo supo? se pregunta Nidia durante todo el día. Desde la ventana de su prisión se ve el patio interno de la cárcel. Allí, en las noches de luna llena, de la sombra que hace un basurero se asoma la minúscula cara de viejo, pero es diferente, ahora pareciera que sonríe.

martes, 30 de marzo de 2010

En el pozo

Tengo la sensación de estar volando por el espacio a toda velocidad en vez de estar cayendo. Pero ¿cuánto tiempo llevo cayendo? Ya he perdido completamente la noción de tiempo y espacio. La oscuridad es total, con excepción de esas luces lejanas, estrellas, ojos, no lo sé, da lo mismo, el asunto es que ya no hay diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados. ¿Pero los sueños? Eso es otra cosa. Los sueños se han hecho más reales que la realidad misma de estar flotando en la oscuridad desde quien sabe cuándo. A veces sueño que estoy al borde de este pozo eterno, mirando el último atardecer que he visto, y en el sueño no salto, sólo miro el sol esconderse tras la montaña y la boca oscura del pozo iluminada con los tonos rojizos que toma la roca a esa hora, antes del crepúsculo. Pero despierto sumido en la más profunda oscuridad, en este pozo que parece sin fondo y tan oscuro como silencioso, donde sólo el sonido del viento cortando mi cuerpo interrumpe mis pensamientos. A veces es más fuerte, a veces lo olvido por la costumbre de escucharlo, pero está siempre, recordándome que en cualquier momento llegará el fin de este pozo endemoniado, y tenso mis músculos esperando el azote inminente contra el agua estancada del fondo, o contra la roca, o quizás este pozo lleve directamente al infierno, no lo sé, da lo mismo.

Nunca supe si fue un sueño o no, pero una vez una de esas luces distantes que salpican el fondo oscuro empezó a acercarse, o más bien yo empecé a acercarme a esa luz. Comenzó a verse más grande. Recordé las noches de insomnio de mi infancia en las que contemplaba las constelaciones. Era un recuerdo grato, pero en la medida de que esa luz crecía en apariencia también lo hacía mi miedo, miedo a caer dentro de un sol ardiente al que me acercaba a toda velocidad. Pero no fue así. Pasé por un costado de una masa de plasma blanco que desprendía gigantescos tentáculos luminosos en la oscuridad, sin embargo no iluminaban nada, ni mis manos podía distinguir. Quizás fue un sueño, o fue lo más real que me haya pasado en esta caída eterna, no lo sé, da lo mismo.

A veces juego que voy atravesando el espacio a toda velocidad y que en el momento menos esperado atravesaré la oscuridad para saltar en la luz brillante de un día de diciembre. Entonces me confundo y no entiendo si floto en medio de la nada o si caigo, si estoy despierto o si estoy soñando, si veo luces o las imagino. La lógica me dice que estoy cayendo, pues de un pozo salté, pero en mi mente viajo por el espacio a toda velocidad hacia no se qué parte. Por sobre todo eso prefiero soñar, aunque los sueños se vuelvan en mi contra en forma de demenciales pesadillas, y sueño con el atardecer más majestuoso que haya visto un ser humano, quizás sólo posible en otras galaxias desconocidas, o en latitudes donde nunca estaré, no lo sé, da lo mismo.

Ya no recuerdo por qué salté ni recuerdo mi rostro. Solo tengo la sensación de estar volando por el espacio a toda velocidad en vez de estar cayendo. Pero ¿cuánto tiempo llevo cayendo? No lo sé, da lo mismo, sólo sé que quiero seguir soñando el lugar donde he de caer.

Viento frío

Bienvenido le digo al viento, que con su hoja fría raja la piel ciega de mi calavera e incita a la mocha fresca de las terminaciones nerviosas vírgenes jamás vistas por aire alguno. Bienvenido viento errante, barre la casa de los monstruos y la cuna de la nueva locura, aviva el fuego sin nombre que ha consumido la ciudad imaginaria donde moramos y donde moriremos sin previo aviso. Sopla en la cuenca de mis ojos y escribe un cuento con mis huesos, viento frío de origen desconocido.

jueves, 25 de marzo de 2010

Estatuas sin cabeza y cabezas sin estatuas

¿Que haría si de golpe me encontrara con los ojos
más extraños que la naturaleza haya hecho,
Colosales ojos, ajenos a los andrajosos
Sueños de finos paños y de aleaciones preciosas?
Huiría tal vez, en un destello de ignorancia,
Y me escondería tras las faldas del atardecer,
O eyacularía en un exceso de distorciones
Sobre una mesa servida con visceral demencia.
No hay aguas que traigan en su caudal razón alguna
Para velar el secreto del amanecer austral.
Lección no aprendida es contener el átomo arcano
Embrujado por el feroz reflejo de lo absurdo.
Me ronda como fantasma la cuestión ¿Que haría yo
Si me apuntaran los ojos más extraños del mundo
Y en un conjuro me arrebataran el último sueño
Llevándome al abismo más azúl del firmamento?
No hay sable ni demencia capaz de doblegar un sol,
Sólo queda jadear de cansancio entre los aplausos
De los mil soldados petrificados en tu nombre,
Oh, señor de las preguntas que quedan sin respuesta,
Creador de dioses y de doctrinas superpuestas,
Amortiguador de golpes que no han sido lanzados,
Instigador de la sangrienta cosecha del tiempo
Y comensal de la mesa del verdugo y del león.
¿Malicia de Dios? Pues vayanse a la misma mierda,
Codicia enraizada en los senos de todas las madres,
Virtud pantanosa de escupir sobre nuestros hombros,
Incapaz de evadir la facil mirada del barro.

¿Qué harías si de golpe te dijera en un sueño
Que la naturaleza es el sueño de una alimaña
Que duerme eternamente dentro de los ojos de un Dios
Que pasea por el fuego de una noche futura?
No te engañes, hay quien me cree en mi delirio falaz.
Nunca chocaron entre ellos ni se cuestionaron
por qué no se ve la sangre de las estrellas muertas.
Solo dejaron florecer el musgo en su sótano.
En espirales sin color nos hemos encontrado
Y en libre ritual hemos murmurado el eco antiguo
De las estatuas sin cabeza dejadas bajo sal
Por las desventuradas almas que están en el cielo.

¿Me crees?

Me da absolutamente lo mismo.

lunes, 15 de marzo de 2010

Maleza, catedrales y océanos.

Aferrada está la maleza hacía tiempo
A la médula del ritmo de la vida.
Pasó a ser parte inconsciente de los días
Y callada drena la esencia del hombre.

¿Te has visto arrollado por esa sombra
Que avanza entre la bruma de la rutina
Exigiendo que el universo se cuadre
Con la canción narcótica de los velos?

Pasa con voz grave y te incita a borrar
Las líneas que traes desde tu nacimiento.
¿La has oído en tus pesadillas disfrazadas
O la has leído en las palmas de tus manos?

Eres de ojos buenos, como todos lo fuimos.
Deberías huir a encender un buen fuego
Al lugar cercado de vientos que tienen
Los hombres antes de cerrar la mente

Y calmar el instinto primitivo
Que brota cuando te has lanzado
A las curvas oscuras del camino
Sin la yesca que manejan los sabios.

Si vuelves, debes tener los ojos pétreos,
Porque así lo exigen todos los santos
De las catedrales monetarias del mundo,
Así no ves la sangre que brota de tu andar.

Si vuelves, hazlo cuando te pudra la ira
Y seas capaz de comer la carroña
Apilada en el valle de tus sueños
Sobre el trofeo fulgurante de tu vida.

Si no vuelves se cerrarán los almacenes,
Pero el viento te guiará a las aves
Y las aves a tu propia estrella diurna
Que en secreto te enseñará el ars moriendi.

Eres de ojos buenos, como todos lo fuimos.
Deberías huir a encender un buen fuego,
Porque es muy distinto morir navegando
Que navegar muriendo si has soñado el mar.

Hay demasiado para no dejarse arrastrar,
Desde un sol lejano hasta un agudo sable,
¿Pero de qué sirve tener los ojos brillantes
Si no eres capaz de distinguir tu relieve?

Puedes tragar asquerosamente todo
Lo que se sirva en la costa de tu frente,
Puedes negar las veces que el himno lo permita,
Y matar cuanto enemigo aparezca adelante,

Al final los gritos vacíos se pierden
En la magnificencia de los océanos,
Quizás lo repitan por un tiempo las arañas,
Más nunca serán cantados en los sueños de nadie.

lunes, 8 de marzo de 2010

Cavilaciones respecto al Rock

Pesa la marcha de los ojos dispersos,
Cansa el freno de la orca encallada,
Aburre la forma en que el telar envuelve
El canto que otrora sonaba indemne.
El descenso por la ladera del barranco
Rocoso y afilado ha gastado las cuerdas
Y mis manos se entumecen en el fango
Donde descansan hace rato las palabras,
Miro hacia el recuerdo denso
Que brotaba de la médula antigua
Tan balsámico como el riff decadente
Que no se hizo canción en ni una parte,
Pues fue una línea dibujada a pura voz,
Arte silencioso de murallas altas,
Donde azotamos las ganas de morir
Entrelazando la conciencia en un árbol,
Árbol de frutos de agua desabrida,
Pero cosechados como heridas en la piedra,
A imagen y semejanza de los puntos cardinales
En los que descansa mi guitarra eléctrica.
Mis brazos tantean en la tensa noche
A esa luna perdida que está pariendo canciones
Encerrada en el cielo, transeúnte invisible,
Cansada de derramar nada, yerma, baldía.
No hay oyentes en el círculo luminoso
Donde paso mis horas y mis vidas,
Acopiando relatos de palabras desconocidas,
Códices novedosos ocultos al sol bramante.
Y soy pieza de ajedrez, caballo negro,
Incapaz de escuchar el himno entonado,
Expectante al conjuro que, cavilante,
He delineado sin preguntarle a nadie.
Y así, la encrucijada me espera armada.
Algo de sangre se derramará en la tarde
De los adictos al rock criollo.
Tengo mis armas afiladas desde siempre
Y estoy listo para la batalla,
Pero hay arena en las bisagras oxidadas
Por el viento que trajo el amanecer tardío.
Lo dice más de una canción: Too old to rock and roll.

viernes, 5 de marzo de 2010

Chile fracturado

Chile, fracturado en batalla tectónica,
Limpia sus heridas con ambos brazos rotos.
Tanta mortandad debe responder al canto
Incógnito de una jugarreta cósmica.

No fue el castigo de Jehovases iracundos,
Ni la sabia decisión de una madre verde,
Fue el cambio de ritmo del canto de los mundos,
Incomprendido, nunca escuchado enteramente.

Ni la pichanga de los dioses sobre la nación,
Ni el bostezo de Cthulu en su despertar violento,
Ni cruel guerra la desatada sobre la extensión
Nuestra, bien plantada en el constante epicentro,

Fue el aletazo anunciado del subsuelo
Para remendar el camino lacerante
Que nos llevaría al inminente duelo
Entre los excluidos y los participantes.

Años levantando la de apariencia fuerte
Máscara que en pocos segundos se sublima
En grietas de sangre y de costa indiferente
Para silenciar nuestro arrogante autoestima.

Del tajo de la placa se levantó el rostro
Verdadero, fisurado, muy mal, sin fachada.
Se altera el Status quo, tiembla el dueño del pan.
Es solo un espejismo eso de la prosperidad.

Fluye por las roídas carreteras del sur
El murmullo de la por siempre postergada
Gente, que ahora, despojada de toda luz
Arremete como gran ola por la ensenada.

Y el mar, de un latigazo, se llevó la ilusión
Y dejó semidesnudo al país en pose extraña:
Las piernas anudadas y una mano en el corazón,
La otra hundida, con muertos en vez de uñas,

Barcos clavados en la palma de la mano,
Los ojos sumergidos, las venas trizadas.
¿No es este el momento preciso, mi hermano,
Para enmendar el rumbo de este viaje a la nada?

El mercado ha levantado demasiadas vallas,
Los oídos se taparon al golpe de antes.
La trinchera se ha hundido en la solitaria estrella
Que entre los escombros yace aún inconsciente.

Sacúdete el polvo del desastre perfecto,
Que devastó la tierra y también la máscara.
Es como abrir los ojos luego de ser ciego,
Al principio la luz duele, pero se pasa.

Si vas por las calles rotas te reflejarás,
Si quitas las costras de la ciudad te limpiarás,
Si tiendes la mano al herido te curarás.
Si ves una sonrisa...
   Es que todo habrá mejorado.

lunes, 8 de febrero de 2010

Viaje por el bosque

Tengo una araucaria en el pecho
Que da las canciones tristes
Con que me alimento.

Son mi esperanza, suave brisa
En el crepúsculo, viaje perfecto
Cuando miro en línea recta.

Cuando abro mis alas
Huevo-coraza-bunker-sábana
Punzo la membrana como reptil

Y nazco en las fauces
De la noche del pasado, bañado
de cenizas como ancestro lunar,

Y caigo en danzas incomprendidas,
Fiebre de mirada estridente
Con latido huraño.

Pero mis ojos hablan, cantan,
leen la magia en la frente del sol.
Me dicen:

Huye, recorre el camino con un cóndor en tu hombro para que limpie tus huesos.
Canta, bebe de los ríos con una serpiente en el antebrazo para que constriña tus pulmones.
Aprende, intérnate en el bosque con un gato en la mano para que te guíe en la oscuridad.

Por la ventana entra el viento
y funde la noche con el papel,
tierra de todos los caminos.

Tengo una araucaria en el pecho
que crece lentamente.
Buscará el sol por mi frente.

viernes, 5 de febrero de 2010

Muertes en el Mapocho

Nadie supo cuándo llegó el primero, sólo se fueron acumulando uno tras otro. Las autoridades mandaron a quitar varias veces durante ese invierno los muchos cadáveres de perros despedazados que se acumulaban en la compuerta de Av. Manuel Rodríguez, en el río Mapocho, pero continuaban apareciendo más y más. Había perros de todos los tamaños, y algunos estaban tan mutilados, que estaban desprovisto de sus extremidades. Hubo mucha conmoción entre los vecinos, que hicieron circular varias descabelladas hipótesis, entre ellas la de una secreta secta del sector oriente de la capital, compuesta únicamente por gente adinerada, que realizaba rituales de iniciación e invocaciones satánicas con los animales, u otro de que alguna bestia del zoológico metropolitano huía durante las noches silenciosamente para alimentarse de los perros que vagaban en la orilla del río, y luego volvía a su jaula al amanecer, sin despertar sospechas, o el de que algunos de los muchos inmigrantes del lejano oriente habían traído consigo sus extrañas costumbres culinarias y comían perros en secreto, arrojando sus desechos durante la noche al cauce contaminado para que las gaviotas limpiaran los huesos.

Nadie se involucró en investigaciones serias hasta que apareció el cadáver de un hombre. Era de unos 40 años y estaba, al igual que los perros, despedazado. Se podían ver los huesos desprovistos de carne en brazos y piernas. La palma de sus manos, su cuello, pecho y espalda evidenciaban haber sido mordidos. Todo indicaba que había sido devorado. Las primeras indagaciones de la policía, hechas con lo que quedó de las huellas digitales del cadáver, lograron establecer su identidad. Era un mendigo con problemas mentales cuyo nombre no viene al caso, que frecuentemente era avistado en las cercanías del puente Loreto. Presentaba una herida abierta en la cabeza, como si le hubieran asestado un fuerte golpe. Las pericias también determinaron que las mordidas eran de más de una persona, y por su tamaño, de niños.

La noticia no pudo mantenerse en secreto y se propagó como un incendio en los medios de comunicación, que se agolparon bajo los puentes para hacer reportajes, enlaces en directo y entrevistas a los niños y adultos que allí vivían, o intentaban vivir. En contraste, la policía continuaba silenciosa sus investigaciones. Los niños de las caletas alegaban inocencia argumentando que muchos de sus mascotas habían desaparecido y recién ahora se enteraban de su destino, además decían que ellos nunca harían daño a sus amigos, como consideraban a sus fieles perros, ya que recibían de ellos un mejor trato que con el resto de la gente. Y así fue la nube de periodistas de puente en puente con sus cámaras y micrófonos enfrentándose ya con agresivos niños aburridos del morbo de la prensa. Y así, la noticia se olvidó entre las turbias aguas del Mapocho sin hallar culpable.

Una tarde de un oscuro domingo a finales del mes de julio, una pareja de Carabineros patrullaba en el Parque Forestal. Había una tenue niebla y el viento frío mecía suavemente las copas de los arboles. No había ninguna persona en el parque aparte de ellos y ni siquiera se escuchaban autos a la distancia. Sólo se escuchaba el murmullo de río. Uno de los carabineros pareció percibir un grito y alertó a su compañero. Se dirigieron hacia el puente Purísima para investigar. A la sombra del puente vieron una oscura mancha en movimiento. Sin lograr distinguir de que se trataba, ambos carabineros decidieron descender los tres metros hasta la orilla del río en silencio para no delatarse y así sorprender a quienes estuvieran allí abajo. Cuando estaban ya en la orilla se acercaron y saludaron, como si casualmente hubiesen llegado hasta allí, entonces la mancha oscura cesó su movimiento. Aún no distinguían quienes o qué era lo que tenían al frente, la ausencia de sol y la sombra del puente lo hacían imposible. Fue entonces cuando uno de los carabineros encendió su linterna y apuntó a la oscura mancha, que resultó ser un grupo de cuatro niños hurgando en cuclillas sobre algo indeterminado aún, pero con sus bocas bañadas en sangre. Eran niños extraños. De delgadez extrema, su piel era brillante y griz, estaban vestidos sólo con un pantalón corto y todos tenían el pelo embarrado y seco, lo que le daba aspecto de púas de reptil. Uno de ellos dio un grito para que huyan, entonces, dando unos chillidos espantosos, los cuatro corrieron, no en la dirección opuesta de los carabineros, que estaban estupefactos, si no que hacia las aguas turbulentas y contaminadas del Mapocho. Y se zambulleron. Los carabineros sacaron sus armas mientras se comunicaban pidiendo refuerzos y esperaron a que los niños salieran por la otra orilla, pero no fue así, no salieron y se perdieron en el sucio río. Quedaron consternados al ir al lugar donde los niños estuvieron hurgando. Allí había un hombre mutilado, desnudo, con las costillas expuestas y la sangre aún brotando de algunas arterias abiertas en los brazos. Se montó un intenso operativo de búsqueda durante los siguientes días, que incluyó redadas en las caletas, helicópteros y buzos tácticos río abajo, pero todo resultó inútil. No hubo ni la más mínima pista de los misteriosos niños, hasta que el martes, luego de que la noticia apareciera en los diarios y en los noticieros, una vieja mujer que el mismo día domingo a la misma hora de los hechos había cruzado el puente Pío Nono, ubicado en sentido contrario a donde se desarrollaba el operativo de Carabineros, dio aviso de que le había parecido ver una cabeza asomándose del río, que luego se volvió a sumergir, como si hubiese salido a respirar, pero en el momento pensó que se trataba de un juego de su avanzada edad. Se amplió el operativo hacia el sector oriente, pero no encontraron nada.

Luego de ese incidente no volvieron a aparecer cadáveres ni de perros ni de personas, pero el mito urbano de los extraños niños del Mapocho mantuvo en vilo por mucho tiempo a quienes se acercaban a sus aguas, sobre todo en las noches de niebla.