miércoles, 11 de abril de 2012

Volada inesperada

Me perdí en las grietas de mi mano
Buscando estrellas
O algún árbol
Que evidencie mi paso por este desierto inmenso.
Esperé sentenciándome al olvido
O a que se propague una leyenda de un susurro
Débilmente emitido.
A diario pienso en el subsuelo sembrado
Y en la noche negra de mis polos.
Me aferro inerte a la brisa zigzagueante
Que enfría mi sangre.
A veces me voy con ella.
Con humor me tomo
La niebla existencial
Que de a poco envuelve
La rivera que me espera.
La veo cercana.
La veo borrosa.
La veo dispersa,
Empapada de esperas.
Me perdí en las curvas de mi mente
Afirmando una guitarra desafinada
Que quiero aprender a afinar.
Mis monstruos se dan vueltas.
Tienen mal sueño.
Duermen incómodos,
Con la espalda curvada
Por las esquinas de universo.
Cuando pase la luna
Unas mil veces sobre mi hombro izquierdo
Quiero ver el pasto aplastado a mis espaldas.
Nada de lo que me trajo hasta aquí
Fue pensado.
Caminando traje un libro
Y una volada inesperada:
Un sórdido planeta-concha
Alberga un ser de plasma
Tentaculado
Que se alimenta de la muerte
Y se forra en huesos pulverizados.
De un ojo, ve más allá de la materia.
Decide huir
Más allá de lo imaginado.
Sin saber nada de la vida
Destruye su coraza
Cerrando un ciclo inevitable.
Ese mundo fue el inicio
De mi desierto blanco
Decorado con una noche eterna
Y mil soles fulgurantes
Dadores de vida y muerte.
De ese desierto nace mi canto invisible,
Mis sistemas planetarios,
Mis terrores juveniles,
Mis laberínticos dilemas.
Me encontré en la noche de una era
Que se desplaza lentamente sobre los cerros
Como un glaciar errante
Que arremete contra los sueños.
Es que los sueños deben morir
Y dar paso a huellas y marcas en la tierra,
Heridas,
Ojalá ciudades.
Los sueños deben explotar como estrellas moribundas
Y dar paso a mundos nuevos.
Yo, como creador inseguro,
Tengo la obligación de no matar a nadie,
Excepto mis sueños.
Sus restos serán la estrella o el árbol que busco.
Su metamorfosis es como un cataclismo
Que retuerce mi espinazo,
Cansado de yacer
En la misma hora de siempre.
Nada de lo que me trajo hasta aquí
Fue pensado.
La luna una vez respondió a mi llanto
Simulando ser Dios.
Me mostró la transformación de la sangre
En una sombra en movimiento,
Que pasaba de caballo mítico
A tigre asesino.
El mar penetraba la roca.
La roca moría ante el mar.
Era una batalla entre un hombre en cámara rápida
Y otro en cámara lenta.
El único victorioso fui yo,
Que entendí la magnificencia de la noche
Y Me perdí en la profunda y negra pupila de esa noche
Buscando tierra para mi sepultura.
Mis sueños se escabullen entre los edificios,
Se me arrancan de las manos
Y se pierden bajo los autos,
Pero los encuentro siempre.
La muerte más digna de un sueño
Es hacerlo realidad.

lunes, 9 de abril de 2012

En trance

El hombre iba apurado. Vio la multitud y se sintió atraído por las risas. Eso necesito, pensó entusiasmado. Al acercarse a la masa una niña le pidió una moneda justo en el momento en que el humorista remataba un chiste, por lo que no lo escuchó. La carcajada fue ensordecedora. Toda la gente explotó en risas logrando silenciar al resto de la ciudad. ¿Qué dijo? le preguntó alzando un poco la voz a uno de los presentes, que al voltear mostró la cara desfigurada de risa. ¡Dios mío! exclamó asustado. No pudo evitar dar un salto hacia atrás. Todos a su alrededor tenían una mueca grotesca. Cúmulos de dientes descoloridos afloraban de sus bocas abiertas que expulsaban saliva a borbotones. Algunos volvían blancos los ojos. Otros se curvaban como si sosteniesen sus entrañas. Estaban todos en trance. Emitían una monótona risa sardónica que coordinada parecía un canto primitivo. Las palomas cercanas se espantaron, quizás porque recordaron un temor dormido de tiempos previos a su vida en la ciudad, quién sabe. Sacaron todos sincronizadamente una moneda y esperaron el paso del sombrero. Él, asustado, se sumó a la masa y buscó una moneda también. Buscó entre la multitud a la niña y se la dio. ¡De la que me salvaste, pequeña!, le dijo antes de salir corriendo por la plaza de armas.

lunes, 2 de abril de 2012

Un poderoso estruendo en la inmensidad.

Se cierran los círculos.
Los brazos se estrechan
En abrazos que no se sienten.
No hay noche.
No hay noche en la que no vibre la atmósfera
Denunciando la vida agonizante bajo los velos finos
Que envuelven a la doncella atormentada.
No hay noche.
No existe la noche.
En la agonía express entre la nada y la nada
Se abre una ventana en la rutina planetaria
Para reflexionar sobre las almas.
Rueda la vida por el brazo galáctico
Y no notamos la distancia monumental
Entre un susurro y otro.
Pasan los eclipses, las tormentas y las conjunciones.
Pasan las historias y se extiende la piel
Junto con el tatuaje astral
Que relata las caídas y su frecuencia
En un lenguaje sencillo,
Pero que no se puede leer
Bajo un poste de luz.
Se debe ascender al trono de los dioses,
Al piso de las religiones,
Pero no a rezar, si no a cortar la luz artificial
Que atrofia la corteza cerebral
En un ensueño estancado.
La última estrella ha muerto
En un silencio aparente
Del que somos cómplices.
Alaridos silenciosos suceden siempre,
A cada instante
Y la profunda herida se hará
Un poderoso estruendo en la inmensidad.

Sufre y siente mientras puedas.