jueves, 22 de abril de 2010

Antüdëngun

Loco impredecible, Omnipresente,
Indiferente a la pena del mundo.
¿Cuántos dioses has quemado en tus sueños?
Secreto intangible, fundador de verbos,

Abres los brazos y caen edificios.
Nos llamas y nos dejas vagando ebrios
De luz poderosa, maná del cielo.
Silbando ametrallas el caos del suelo

Donde danzamos como invidentes
Sobre el piano de los sentidos vivos
Esta noche completamente negra
Donde no alcanzas a ver a tus moscas:

Pequeñas, ruidosamente pequeñas;
Vibrantes, peligrosamente vibrantes;
Dementes, adecuadamente dementes;
Frágiles, conmovedoramente frágiles;

Ataviadas con vestidos livianos
Que de antiguos guardan bichos y musgo.
¿No lo sabes? Eres padre del mundo
Y nadie entiende donde estas oculto.

Deberíamos interesarnos siempre:
Antes de dormir en la inmensa muerte,
Antes de abrigarnos de tu caricia
Esquiva en la oscuridad del ego.

Tus ojos en llamas ven a lo lejos
A tus hermanos dispersos por la noche.
En tu recuerdo la cuna colapsa
Y la sangre es la tierra desmembrada.

Tus ojos son los más grandiosos ojos
Para ver la negrura de la vida
Y aunque la luna espere desvestida
No hará variar tu baile caprichoso.

Nos baña tu indiferencia antigua
Que da frutos atravez de los eones,
Pero alguno de estos días de carbón
Tu beso cruel desenvainará la hoz

Y moriremos sin verte a los ojos,
Sin haber bailado en la esfera inmensa,
Sin haber visto la selva de plasma,
Sin cruzar la línea que diste al nacer.

Tus padres están diseminados entre todos,
Mis nietos serán los ojos de tus hijos,
El viento será un secreto en el olvido,
Los muertos revivirán, pero no hoy.

El dilema de tus montes trémulos
Debería ser la cuestión a pensar,
No la viuda demente que pasea
De piernas abiertas por la atmósfera.

Algún día reirás desaforado
Donde no hay suelo ni sombras que salvar,
Entonces será el final, o el principio.
Habrá que usar bien este don trágico.

Te han estado observando en secreto
Unos insectos pequeños como arroz:
Los ojos entrecerrados: te vieron,
Y tu cara sangrienta han ignorado.

Y henos aquí, embrutecidos,
Soñando con la luz visible,
Perdiendo la vista al momento
En que nos despierta tu ritmo punzante,

Aparente,
Hipnótico,
Desquiciante,
Inevitable.

Regidos por tu mando perpetuo,
Intentando descifrarte en la agonía,
Deberíamos adorarte siempre
Y recibir tu beso con hombría.

martes, 20 de abril de 2010

La maldición de Buda

Como un moderno Buda un ensimismado hombre gordo posaba la mirada en el infinito desvariando sobre la vida y la muerte. Era temprano. Estaba bajo un árbol sin hojas sentado en un bloque de cemento que, empequeñecido a la sombra de su ocupante, parecía crujir asustado. La mañana era tibia y nubosa. A lo lejos vio algo que concentró toda su atención. Frunció el ceño y puso su mano como visera para controlar la luz reflejada por las nubes, mientras entrecerraba sus ojos para distinguir mejor. Y en efecto, era lo que esperaba. Se levantó despacio y se dispuso a avanzar entre la gente. Cargó en su espalda una gran mochila y con dificultad comenzó a trotar, moviendo con gran esfuerzo sus 160 kilos de peso, que más los de la mochila y los de sus vicios hacían que su esfuerzo se viera sobrecogedor. El sudor comenzó a manar de inmediato de su frente como si hubiera una cañería rota bajo su pelo. El hombre se dio cuenta de que su esfuerzo sería en vano e intentó apresurar el paso. Sus carnes sueltas se coordinaron con el movimiento de sus brazos y piernas, lo que parecía darle un impulso extra, pero no era suficiente. Comenzó a agitar sus brazos y a gritar. Hey, espera, decía, esperando ser escuchado entre la multitud, pero fue inútil. Micro y la conchesumadre, dijo con el poco aire que le quedaba. Apoyó sus manos en sus rodillas y dejó caer la gran mochila dando un suspiro de desazón. Lo mejor era volver a meditar bajo el árbol sin hojas.

martes, 13 de abril de 2010

Pensado en un minuto

Nube silenciosa, has entrado a la ciudad por sus abarrotadas calles bloqueando al sol con tu manto imperturbable. Nadie te vió, el que lo hizo silencio guardó y el que lo iba a decir cayó silenciado por la mirada de fuego de los edificios. Pareciera que viertes agua en la cara arruinada de los ángeles de piedra, que agradecidos te entregan sus ojos cada noche que las hienas lo permiten. Pareciera, pero no es así, pues te he visto asesinar a los dormidos en las esquinas vidriosas, ahogándolos con la saliva de los héroes de luz y plástico, saliva amarilla, agria, paralela a las costillas de la progenitora decadente de las noches que fueron y las noches que, si sobrevivimos, serán. Tu nombre es elástico, anagrama de nudos ciegos. De una esquina desprendida te arrancaría de éste mundo, pero te hemos clavado al piso como a un Cristo en el horizonte. Desgracia de los valles y los ríos, elixir de los zombies, de la cola te arrancaría de éste mundo, pero no puedo, porque desprendida y temblorosa, como la de una lagartija, haría marchar bailando a los muertos al abismo. Tu saliva aceita mis dedos para que jalen el gatillo. Es la bomba que debo desactivar. Nube silenciosa, si no te veo a los ojos moriré sin saberlo y caminaré muerto entre los muertos. Es necesario decirles que sus ojos son moneda de cambio, que sus hijos caerán despellejados por una causa pueril. Nube silenciosa, amasijo de dragones invisibles, tu forma se ha vuelto el estandarte de la victoria de una guerra ridícula, pero que existe y se alimenta en silencio de la sangre que no se ve. Pueblos fantasmas veo en las pupilas secas que, sin notarlo y convencidas de que la línea es recta, quizás en nombre de un dios celeste, quizás por el secuestro de algún ser amado, han perdido el brillo por caminar a ciegas en las calles de aire. La palabra con sentido se ha vuelto un aro de agua incontenible y su lectura depende de cuantos soles hayas mirado. Un estandarte de hielo flamea en el horizonte y abajo un lema insípido nos invita a no hacer nada. La saliva cubre las calles por donde debería huir. Nube silenciosa, has entrado a la ciudad cuando no había cimientos y cada hebra de tu manto es una arteria de un bosque sintético. Parado en la esquina veo florecer y morir los siglos bajo tu sombra, donde mis abuelos sudaron y eligieron callados, donde mis padres se adentraron en la neblina matutina de tu presencia y yo, despreciando tus caricias de plástico, me atormento de elegir a ciegas, de no ver en tus entrañas negras, de no intentar arrancarte de éste mundo, de callar tu masacre colorida y bulliciosa que da pan por sangre y circo por ojos. Tus flujos de vientos pueden condenarte, tal como mis pasos inermes entre tu niebla cálida. Estás agrietada, pues lo he visto. No dependes de mi como yo de ti, de un manojo de muertos podrás elegir mil, pero mi dependencia es un nudo que aprendo a desatar en silencio. Nube silenciosa, entidad sin contorno que atormentas disimuladamente los sueños guardados en tus edificios, tu silencio triza los relojes y los cantaros antiguos, tu niebla avanza entre los discursos más prometedores del océano entero. Pareciera que inundarás mi agonía, pero no es así. En susurros despejamos el camino y en secreto te soplamos al oído. No importa tu disfraz de ángel.

lunes, 5 de abril de 2010

Dinosaurios en el banco

El calor hace que el tiempo avance más lento, quizás hasta que retroceda. Da la impresión de que personas en la fila piensan todas en lo mismo, pues todas miran como siguiendo a una mosca mientras se echan viento con una hoja de papel y luego suspiran, como si la mosca no fuera lo que creyeron que era. La fila avanza lento, son pocas personas, pero solo una caja para atenderlos a todos. A un costado de la fila una mujer lee una revista sentada esperando a ser llamada para firmar algunos documentos, mientras su hijo de cinco años salta por el lugar. El niño juega con los separadores de fila, los cambia de posición, hace laberintos, los deshace y ríe, se va tarareando algo, se divierte en medio de la formalidad de esa institución financiera. Hola, le dice al guardia de celeste oscuro, ¿Es esa una pistola? pregunta con ingenuidad. Así es pequeño, es para asustar a los ladrones, responde el guardia sonriéndole, y el niño se aleja como si aquella respuesta no lo hubiera satisfecho, pero continúa jugando y tarareando. No te alejes, le grita su madre sin despegar la vista de la revista. Al otro lado de la sala el niño de rodillas estudia una planta plástica. La gente de la fila lo ve y esboza sonrisas momentáneas, como si recordaran su infancia por algunos escasos segundos y luego continúan en su caza de moscas, esperando que la fila avance, a veces quejándose en voz alta, como si el calor se pasara quejándose. ¿Cómo te llamas? le pregunta el niño al último hombre de la fila. Juan, responde serio. El niño lo mira con curiosidad. ¿Qué te pasa?. A mi nada, ¿Por qué? dice el hombre. Es que pareces incomodo. Ah, es que soy un dinosaurio, le dice el hombre a su pequeño entrevistador. Luego de un silencio el niño replica entre risitas, No te creo. En serio, ¿quieres ver?, dice el hombre, a lo que el niño responde entusiasmado, Ya. Juan miró a los lados para verificar que nadie más lo veía e infló sus cachetes lo más que pudo, tiritó un poco y se puso de color rojo. En un segundo su cuerpo se hizo enorme, rasgando sus ropas. Sus manos tocaron el piso y de su espalda salieron violentamente varias placas amarillas, mientras continuaba creciendo en tamaño. Su cabeza se estiró, haciendo desaparecer sus rasgos humanos, una enorme cola con cuatro púas asomó enredada entre los separadores. Toda la transformación sucedió en cinco segundos. El extraño Juan era ahora un enorme y precioso estegosaurio rojo de placas amarillas, el cual miró hacia las cajas, se sacudió como un perro mojado y se fue contra la mampara de ingreso del banco, rompiéndola en mil pedazos y perdiéndose en la avenida con los separadores enredados en las púas de la cola. ¡Mamá!, ¡mamá! ¿Viste el estegosaurio? gritó el pequeño mientras corría hacia su madre. Si mi niño, si lo vi, pero no me grites, dijo ella mientras ojeaba otra revista. Su madre no compartiría con él su entusiasmo. El niño no sabía con quién comentar lo vivido. Caballero, ¿vio el estegosaurio rojo?, le dijo al guardia. No lo vi, pero cuando lo vea lo atrapamos, le respondió moviendo los brazos como si le ardieran las axilas, quizás imitando los movimientos de algún dibujo animado, a Popeye quizás, quién sabe, pero con la clara intención de agradar a quien en primera instancia lo había ignorado, como nuevamente sucedió, pues el pequeño se fue sin mostrar mayor interés en las gracias del guardia. Desde la fila un viejo de sombrero y bigotes llamó al niño con un silbido. Yo lo vi, le dice susurrando, a lo que el niño pregunta con los ojos bien abiertos, ¿Que viste?, Un dinosaurio, le replica el viejo, ¿Qué dinosaurio?, continúa el niño, Un Stegosaurus armatus, le dijo el viejo. ¿Qué? dijo el niño confundido. El viejo dijo, El mismo estegosaurio que tú viste, ¿y sabes por qué se fue?, Ehh, ¿Porque hace calor? dijo el niño, No, se fue porque me vio y yo lo andaba buscando, yo soy un Allosaurio, dijo el viejo guiñando un ojo. El pequeño no respondió. ¿No conoces al Allosaurio? preguntó el viejo. No, dijo el niño. ¿Quieres ver? siguió el viejo. ¿Se va a comer al estegosaurio? preguntó el niño un poco inquieto. Pues a eso vine, dijo el viejo esperando la venia del pequeño. Entonces no, le dijo al viejo y se fue tarareando a revolver los volantes de créditos hipotecarios de un mostrador.

jueves, 1 de abril de 2010

El duende de los secretos

Cuando Nidia era pequeña supo cosas que no debió saber. Supo cómo había muerto su querido perro Duque y supo quién fue su asesino, su mismo padre, que en estado de ebriedad y por accidente una noche pisó la cola del animal, el que en defensa propia intentó morderlo, pero el hombre, privado de razón por el vino, lo mató de un palazo en la nuca para luego enterrar el cadáver en el bosque y decirle a su hija que el perro se había perdido siguiendo unas aves. ¿Cómo lo supo la pequeña Nidia si aquella noche de niebla no hubo testigos de la acción criminal de su padre? Se lo contó el duende de los secretos. Supo también quién robó el revólver que su padre usaba para amedrentar a su madre y a los enemigos que hacía en sus juergas por el pueblo. El arma que fue usada en el asesinato de la vieja señora Celia. Fue un drogadicto de la zona que quiso conseguir pasta base en la plaza pública a cambio de algo que intentó arrebatarle a la pobre vieja causándole la muerte en el acto, pues en la angustia no pudo evitar el disparo. Robó el arma una tarde en la que no había nadie en la casa. ¿Cómo lo supo la pequeña Nidia si nadie vio nada? Se lo contó el duende de los secretos.

Así fue juntando secretos la pequeña, pero los guardaba celosamente, nunca insinuó saber algo, sólo andaba por las calles con sus oscuros ojos fijos mirando a los transeúntes, acusándolos con la mirada, sabiendo sus más ocultas perversiones. Ella supo de cosas que nunca debió saber y que nunca quiso saber. Cuando volvía del colegio se sentaba toda la tarde en una banca detrás de su casa a ver el bosque bailar al ritmo del viento y los pájaros pasar intermitentes entre los árboles. Así era hasta que oscurecía, entonces la ampolleta del patio iluminaba pobremente algunos árboles, entre ellos un roído coigüe con una gran abertura al medio. Daba la impresión de una profunda caverna que se adentraba en el árbol y llevaba hacia lugares desconocidos. La pequeña esperaba paciente, mirando fijamente la abertura hasta que sucedía. Una minúscula cara de viejo se alzaba despacio desde la grieta del árbol. Era sólo la cara. Tenía unos ojos anormalmente grandes y de expresión cansada, su barba cenicienta y mejillas rechonchas le daban una pizca de la apariencia clásica de los duendes de los cuentos de hadas, sin embargo, su boca triste sin labios y sus enormes orejas le hacían parecer la gárgola de una vieja iglesia. Nidia se acercaba hasta la abertura atraída por un murmullo indescifrable que quería descifrar, entonces inclinaba su oreja izquierda y escuchaba lo que el duende le iba a decir. Supo de muertes, de robos, de traiciones, cosas incomprensibles e incompatibles con la vida de una niña de siete años, y así fue hasta la repentina muerte de su padre. Durante los días posteriores al fallecimiento la niña permaneció encerrada en su pieza, pues no se atrevía a ir al patio porque temía averiguar cosas a cerca de la muerte de su padre. Cuando quiso hacerlo ya era tarde. Su madre decidió tomar sus pocas cosas y marcharse a vivir a la capital a casa de unos parientes.

El aire sucio de la capital hizo bien a Nidia. Irónico resulta, pues reemplazar los oscuros secretos revelados por el pequeño ser del coigüe agrietado por la televisión y los videojuegos era como curar una herida haciéndose otra, pero mezclarse con otros niños y gastar la tarde jugando era más adecuado para su edad. Y Nadia creció en un ambiente normal, iba al colegio con sus primos y compartía pieza con una de ellas. A los dieciséis años abandonó el colegio para dedicarse a cuidar una anciana, contratada por los hijos de esta para auxiliarla en la vida diaria. Hacía el almuerzo, hacía las piezas, alimentaba al gato, una rutina completamente normal. En sus ratos libres veía la teleserie y luego las noticias. La anciana era regularmente visitada por sus hijos, pero por lo general estaba sola ella y Nidia.

Una mañana mientras ordenaba una pieza en el segundo piso encontró el embase de una fragancia que conocía por un comercial de televisión. Destapó la botella y echó unas gotas en su muñeca, olió con los ojos cerrados y la quiso con toda su alma, pero costaba la mitad de su sueldo esta botellita y con desazón la volvió a guardar. No lo pensó mucho, pues no era de sus virtudes el pensar las cosas, la tomó y la guardó en su bolsillo, total, la abuela no lo notaría, se dijo. Acomodó las cosas y salió de la pieza con media sonrisa en su rostro. Cuando llegó a la escalera se encontró de golpe con la vieja que venía saliendo del baño ayudada de muletas. Ambas se asustaron por el encuentro y se miraron con estupor sin decir palabra, pero Nidia vio en quien tenía al frente una mirada que la incriminaba, sabía de su delito y le diría a los patrones, que eran los hijos de la vieja. Otra vez sin pensarlo se abalanzó sobre la anciana diciéndole, No digai na' vieja e' mierda, mientras daba manotazos desmedidos. Heidi, que era el nombre de la anciana, cayó por la escalera luego de que Nidia la empujara y murió en el lugar. Despeinada aún, Nidia salió de la casa y tomó un taxi hasta el terminal de buses, compró un pasaje hacía su pueblo de origen y se embarcó de inmediato. Al llegar, a mediodía, caminó rápido hacia su antigua casa al interior del bosque, la que se encontraba en absoluto abandono. Entró y comenzó a buscar un hacha, herramienta que recordaba haber visto usar a su padre y que su madre había dejado para no recordar las amenazas de las que fue víctima. Cuando la encontró se fue contra el viejo coigüe agrietado y de forma desesperada empezó a cortarlo. No digai na' enano maldito, decía entre dientes mientras cortaba, hasta que el árbol cedió. Cayó hacia el bosque. El estruendo espantó a decenas de aves del lugar. Volvió de inmediato a la capital para dar alerta a sus patrones de que la vieja había tenido un accidente mortal cuando ella andaba de compras, pero en el terminal de buses la esperaba carabineros. Fue enjuiciada y encarcelada. Supo que una nieta de la anciana fue la que llegó a la casa y descubrió el cuerpo con la cabeza rota. ¿Cómo lo supo? se pregunta Nidia durante todo el día. Desde la ventana de su prisión se ve el patio interno de la cárcel. Allí, en las noches de luna llena, de la sombra que hace un basurero se asoma la minúscula cara de viejo, pero es diferente, ahora pareciera que sonríe.